sábado, 21 de mayo de 2011

Por un puñado de votos

Mañana tocan elecciones.
¡Qué bonita es la democracia! Cada muy poquito podemos contribuir con nuestro voto a que todo funcione, a que las cosas se hagan de una manera o de otra, a que se solucionen nuestros problemas. O eso es lo que nos venden, claro.

Pero lo mejor de las elecciones, con diferencia, es la campaña. Saca el lado oculto de nuestros políticos y nos los presenta de una manera única y desconocida: bailan la jota, abrazan niños, recuerdan el nombre de un vecino, compran en el mercado, viajan en metro, visitan hogares de jubilados, hacen promesas que pudieron cumplir y nunca cumplieron...
En fín, menos besos con lengua, como dice Forges, estamos dispuestos a aceptarles todo sólo por el placer de verlos hacer el ridículo por un puñado de votos.
Ya se lo cobrarán después, con creces.
(Imagen: Forges)

jueves, 19 de mayo de 2011

Cumpleaños

Cuando era pequeño me enseñaron,
a perder la inocencia gota a gota,
que idiotas.

Cuando fui creciendo aprendí,
a llevar como escudo la mentira,
que tontería.

De pequeño me enseñaron a querer ser mayor,
de mayor voy a aprender a ser pequeño,
y así cuando cometa otra vez el mismo error,
quizás no me lo tengas tan en cuenta.

Me atrapó el laberinto del engaño,
con alas de cera me escapé,
para no volver.

Cerca de las nubes como en sueños,
descubrí que a todos nos sucede,
lo que sucede.

De pequeño me enseñaron a querer ser mayor,
de mayor voy a aprender a ser pequeño,
y así cuando cometa otra vez el mismo error,
quizás no me lo tengas tan en cuenta. 
 
De mayor voy a aprender a ser pequeña
Como Bunbury. ¿Será tarde para mí? 


(Imagen: fotografía personal. Hace unos cuantos años)

miércoles, 18 de mayo de 2011

Envejecer. Tragicomedia en x actos

En la niñez el tiempo es infinito: el reloj no corre en el vestíbulo de la escuela, en las tardes cabe todo, el lunes es un día que jamás llegará, septiembre está en la otra orilla de un océano...
Se transita por la adolescencia con afán, con impaciencia. Cada cumpleaños es un triunfo. Huimos con alegría de la seguridad y los brazos conocidos. Buscamos en otros nuestra imagen, sacrificamos lo seguro por lo incierto. Pero todo con prisa, con prisa infinita, luchando contra el, a nuestro juicio, lento paso del tiempo.
Y así, no llegamos a saber en qué momento, el reloj cambia su ritmo y el fluir lento que nos desesperaba se convierte en una velocidad que nos espanta. Cambiamos sin querer de imagen, de amigos, de convicciones. Se nos resquebrajan los principios y las seguridades junto con la tersura y la firmeza de la piel. Nos despertamos cada día más conscientes de nuestro cuerpo porque hay un achaque nuevo y más conscientes de nuestra alma porque hay una nueva pérdida.
Miramos nuestros álbumes, cada vez más llenos de muertos. Miramos a nuestros hijos, cada vez más lejos de nosotros. Miramos a nuestros amigos, enfrascados en sus problemas. Miramos a nuestro mundo, que nos  comió antes de que nos lo comiéramos. Miramos nuestro trabajo, donde ya sabemos que nada podremos cambiar. Miramos, por fín, nuestros ojos en el espejo y creemos ver a otro. Alguien a quien quizá no hubiéramos dado nuestra confianza en la infancia o alguien que nos hubiera parecido invisible en nuestra adolescencia. Vemos cansancio y atisbamos con ahínco por descubrir la chispa que un día brilló y nos dio fuerza.
Un momento. Ahí está. La veo. Algo hay donde algo hubo. No todo está perdido. Quizá, con la ayuda de quienes nos quieren, todavía quede mucho bueno por vivir. Pero, por favor, ahora lento, lento. Ya no tenemos edad para prisas.
(Imagen: flickriver.com)

sábado, 14 de mayo de 2011

Yo no me arrepiento de nada


La frase que encabeza esta entrada es para mí una de las más enigmáticas que se pueden oír.

Hay gente, aunque parezca increíble, que tiene a gala no arrepentirse de nada. Ni de lo hecho, ni de lo dicho, ni de lo callado, ni de lo omitido.
Parece ser que, echando la vista atrás, deducen que su vida es un conjunto de decisiones bien tomadas, de opiniones bien expresadas, de momentos bien escogidos. No saben lo que es la culpa, el arrepentimiento, la duda...
Unos lo harán por prepotencia, otros por ignorancia, otros por estulticia, otros por orgullo, otros por... Quién sabe.

Claro que en el otro extremo están los que se arrepienten de todo, los que viven en la duda absoluta, en el "si hubiera dicho..." "si hubiera hecho..." "si pudiera volver a empezar..." "si aquel día, aquel momento, aquel año..." Para todos ellos debería inventarse la herramienta ideal: la goma de borrar vida, de borrar palabras, de borrar actos, de borrar inmovilidades.

Estoy trabajando en este invento para donarlo altruistamente a la humanidad. ¿La razón de tanto esfuerzo?: La caridad bien entendida empieza por una misma.

(Imagen: autopoder.blogspot.com)

viernes, 13 de mayo de 2011

Un gato en un saco

Seis o siete añitos tendría yo cuando viví un episodio que me hizo tener pesadillas durante meses.
A mi abuela paterna se le había colado un gato en el piso de arriba, maullaba desesperado por salir pero no había manera de sacarlo. Le pidió a mi tío que se lo llevara.
Mi tío subió con un saco, lo colocó estratégicamente, puso algo de comida y cuando el gato, confiado, se metió a por ella, cerró el saco y allá que nos fuimos con él para soltarlo en la calle.
Mientras caminábamos el saco se sacudía con fuerza y a duras penas mi tío podía controlarlo. Pero había que abrirlo y a la hora de la verdad ni mi tío ni unos cuantos vecinos que se acercaron divertidos se atrevían a hacerlo.
Cuando finalmente el gato salió saltó como si se estuviera electrocutando: arañó a casi todos los que estaban alrededor, se golpeó la cabeza varias veces contra la pared más cercana y, finalmente, subió por un canalón hasta el tejado de una casa dejando un rastro de arañazos desesperados.
Durante mucho tiempo recordé el episodio con terror y preguntaba a todos por qué aquellos animalitos dulces y tranquilos que se pasaban horas al sol, lamiéndose el pelo, restregándose contra las piernas de los más cercanos eran capaces de transformarse en monstruos incontrolables que veían a sus libertadores como enemigos.
Muchos años han pasado desde aquel día y nadie hasta ahora ha sabido explicármelo. Moraleja: Tened cuidado porque sacar el gato del saco siempre deja heridas.

(Imagen: es.123rf.com)

De mi pasado vengo (I)

Queda, con esta entrada, inaugurado un nuevo tema: el pasado personal que nos construye. De él venimos y a lo que otros vivieron le debemos mucho de lo bueno y de lo malo que somos.

Mi padre tendría seis o siete años cuando mi abuelo Nicolás se quedó sin su trabajo de guarda de campo. Mi padre, llorando, sólo acertaba a decir: “Entonces ya no podré ser zapatero”. Porque era toda una carrera y una liberación, para quienes no tenían tierras suficientes para trabajar en lo suyo, el hecho de no tener que ir de jornalero con nadie. Zapatero era, en aquel lugar y en aquel tiempo, casi una profesión liberal, con prestigio -no sólo arreglaban sino que también hacían zapatos-, que permitía vivir con dignidad y sin la dureza del campo.

En esta foto mi padre está en su zapatería, cerca de las Pilas, el lavadero público del pueblo, con dos aprendices suyos y rodeado de las herramientas y materiales usuales de su trabajo. La zapatería no era sólo eso: era un casinillo, un lugar de reunión para los hombres del campo cuando llovía y no salían a las tierras, o en las horas de sol en el verano, cuando ya habían vuelto “de mañaná”, o en las épocas en que no se hacían demasiadas labores; para los viajantes, que estaban unos días en el pueblo, se hospedaban en la fonda, charlaban y se ralacionaban con todo el mundo; para los enfermos, que se recuperaban con la charla y con los cigarrillos compartidos; para el "tonto del pueblo"; para los chiquillos que no tenían la obligación de la escuela... Las mujeres, por el contrario, tenían pánico de ir allí: se las miraba, se las piropeaba, se juzgaba cómo eran, lo que hacían, su fama, su vida… Las madres sólo mandaban a las niñas o iban ellas mismas: las mocitas casaderas evitaban incluso pasar por la puerta.

Mi padre tenía fama de ser un “echao pa’lante”. Por eso, y porque era casi ocho años mayor que ella, cuando se "arrimó" a mi madre su familia no lo vio con buenos ojos. Pero aquel iba a ser el final de su carrera de mujeriego y estaba escrito: mi madre me contaba que el día en que él se fue a la mili –ella era una niña de unos once o doce años- fue a la plaza a verlo subirse al camión de los quintos. Subió de un salto, con desparpajo y chulería, y ella penso en qué buen novio sería.

(Imagen: foto familiar. Año 1953 aproximadamente)

martes, 10 de mayo de 2011

Mamá Dalton

Me dicen, y tienen razón, que en la vida hay más temas que los relacionados con madres e hijos. Pero como yo puedo ser muy cansina si me lo propongo, allá voy con mi tema favorito.

Mamá Dalton: qué gran icono de la literatura. La matriarca de cuatro hijos, más feos que picio y más simples que el asa de un cubo (excepto el pequeño-mayor que es al que desprecia), empeñada en catapultarlos al éxito delicuencial que es para ella el destino y el futuro ideal.
Les teje con primor trajecitos de presidiario, les enseña cómo sacar el arma del refajo, les inculca el pundonor de querer ser el ladrón perfecto, les anima en la comisión de delitos sin caer en el desaliento...Pero, ay, a pesar del sueño  materno sus hijos no están hechos para ello y acumulan fracaso tras fracaso sin que Mamá Dalton ceje por ello en su empeño. Ni unos ni otra consiguen lo que quieren.

Moraleja de esta entrada: no seamos Mamás Dalton, no preparemos el futuro de nuestros hijos antes de tiempo porque su camino, sus intereses, sus sueños... puede que vayan por otros derroteros. Pero si aún así los pobres vástagos se enfrentan a mamás Dalton personales entonces el consejo es para ellos: cambia el guión, hijo. Y a tu madre que la zurzan.
(No te olvides de pinchar el enlace)

(Imagen: Morris)