Aprovecha el llanto de tu hijo en la madrugada.
Camina somnolienta, apoyándote en las paredes del pasillo, con los ojos doloridos y la boca pastosa.
Cada paso que des, cada gesto que hagas sobre la cuna, cada beso dedito por dedito, cada gotita de sudor que seques en la noche, cada suspiro que te llegue de alivio y de paz... serán energías que, guardadas en el bolsillo secreto de tu corazón, irás gastando a poquitos cuando los años pasen.
Aprovecha las incursiones del hijo en tu cama cuando más cansada estás y te apetece ocuparla así que el padre ha dejado un hueco.
Rehácete, acurrúcate, deja que sus manitas toquen la piel que más les gusta, que te revuelva el pelo, que enlace sus piernas con las tuyas, que su pelo fino te haga cosquillas, que de su naricilla te llegue la respiración satisfecha... serán energías que, guardadas en el bolsillo secreto de tu corazón, irás gastando a poquitos cuando los años pasen.
Aprovecha el momento en que deja de comer y sólo sigue si tu mano le lleva la cuchara a su boca.
Hazle el avión, abre tu boca al compás de la suya, aprovecha para contarle el cuento, cantarle la canción, deja que se enfríe tu comida mientras él ríe contigo... serán energías que, guardadas en el bolsillo secreto de tu corazón, irás gastando a poquitos cuando los años pasen.
Aprovecha cuando, cómodamente sentada en el sofá, oyes su voz que te pide que vayas a bañarlo.
Ve, aunque el día te haya gastado la energía y te acerques al baño arrastrando los pies, enjabónalo, toca toda su piel, recorre los caminos que se te olvidarán, haz burbujas y pedorretas, sóplale la espuma, envuélvelo en una suave toalla y finge que se ha perdido y no lo encuentras... serán energías que, guardadas en el bolsillo secreto de tu corazón, irás gastando a poquitos cuando los años pasen.
Aprovecha chillidos y lágrimas y berrinches y preguntas. Aprovecha su olor y su tacto. Aprovecha su risa y su admiración. Aprovecha que eres la mejor madre. Aprovecha que busca tu mano, que te pide mil veces un cuento en la cama, que tenga sed y pis y caca y miedo y te busque entre la gente y se le salten las lágrimas si no estás en la puerta de la escuela cuando abren. Aprovecha que mida su mano con la tuya, que crea que lo sabes todo, que quiera casarse contigo.
Aprovecha todo lo que ahora gozas porque te alimentará en días venideros. Quizá también él, algún día, aprovechará lo que tiene guardado en su corazón sin siquiera saberlo.
(Imagen: lamujersemilla.wordpress.com)
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jueves, 15 de septiembre de 2011
viernes, 26 de agosto de 2011
La familia Churumbel o a quién habrá salido este niño
Para aquellos de vosotros que paséis de los cuarenta no os será desconocido el mundo de los tebeos que tantas tardes -sin play, sin ordenador, sin canales infinitos en la TV- llenó en nuestra infancia.
"La familia Churumbel" era un clásico, creado por Manuel Vázquez, que gustaba mucho en un mundo todavía políticamente incorrecto: una familia gitana hacía del hurto su modo de vida excepto el hijo mayor que se dedicaba a estudiar y trabajar para desesperación de sus padres y abuelo.
Hoy en día no podría publicarse algo así sin que se denunciara el hecho en todas las instancias oficiales y no oficiales; saldría en los telenoticias y sería objeto de repulsa -cuando menos de puertas para afuera- por parte de todos los líderes políticos. Su creador debería pedir perdón públicamente y, por supuesto, dejaría de publicarse inmediatamente. Pero el uso que se hace de los tópicos, el sentido del humor que tienen -o no tienen- los diferentes colectivos y la necesidad de ser siempre políticamente correctos es otro tema y yo voy a lo que voy.
Y a lo que voy, como siempre, es al tema de lo que se le pide a los hijos y de lo que de ellos se obtiene. Cada familia, cuando espera un hijo, crea una imagen de esa criatura que, en su inocencia, espera que se corresponda con la realidad.
Primero es una imagen física: el bebé será guapo, regordete, digno de una portada, sacará lo mejor del padre y de la madre. Cuando eso no es así hay un período de adaptación que a muchas personas les produce incluso depresión o problemas serios. He leído que padres de niños prematuros que, por muy guapos que vayan a ser, pasan un período en el cual su aspecto es angustioso, necesitan superar una fase de decepción.
Después vienen aspectos básicos del crecimiento: ha de dormir bien, comer bien, controlar esfínteres sin problemas, andar y hablar con prontitud, etc. El baremo lo ponen los hijos ajenos o los artículos de revistas especializadas.
Llega la hora del cole y entonces ese hijo será ese niño que aprende pronto a leer y a escribir, que no tiene problemas de relación, que es educado y que trae unos informes impecables.
Y llega la adolescencia y ese hijo caminará por los caminos de la responsabilidad, tendrá presentes los consejos de sus padres, les demostrará su cariño y su rebeldía se circunscribirá a pequeñas escaramuzas dialécticas que tranquilizarán a sus padres demostrando que su hijo es un adolescente normal.
La juventud no traerá más problemas que los propios de esa edad: sabrá escoger una carrera adecuada -porque por supuesto estudiará- y se emparejará con alguien acorde a su educación y su carácter.
Y fin de la historia. Los padres llegarán tranquilos y relajados a la vejez. Repasarán los álbumes familiares y comentarán cómo sus hijos sólo les han reportado momentos de felicidad.
Pero, ay, puede que nos encontremos en la penosa situación de la familia Churumbel: ese hijo bienamado en quien hemos puesto todas nuestras ilusiones, será diferente en algún momento de su vida a como lo habíamos "diseñado". Puede que sea feo, que no duerma, que llore interminablemente, que tenga problemas para aprender, que pegue a los compañeros, que empiece a fumar, que nos chille, que se relacione con amigos que no nos gustan, que oiga música insufrible -para nuestro criterio-, que deje los estudios o los aparque, que encuentre una pareja ante la cual se nos abran las carnes... No todo ello a la vez, por caridad, pero sí algo que desdibuje esa imagen ideal que habíamos soñado desde que lo vimos en la ecografía.
Y entonces viene nuestra tarea, ardua, dura. Una tarea como la de recuperarse de una enfermedad, como la de rehabilitarse de una adicción: aceptar que los hijos no nos pertenecen, que vienen de nosotros pero no son nosotros, ni nuestros sueños, ni nuestros planes, ni nuestros objetivos. Quererlos como son, por lo que son y a pesar de lo que son.
Y mientras lo conseguimos siempre podemos pegarnos los berriches de Manuel Churumbel. Buena crianza.
(Imagen: Manuel Vázquez)
"La familia Churumbel" era un clásico, creado por Manuel Vázquez, que gustaba mucho en un mundo todavía políticamente incorrecto: una familia gitana hacía del hurto su modo de vida excepto el hijo mayor que se dedicaba a estudiar y trabajar para desesperación de sus padres y abuelo.
Hoy en día no podría publicarse algo así sin que se denunciara el hecho en todas las instancias oficiales y no oficiales; saldría en los telenoticias y sería objeto de repulsa -cuando menos de puertas para afuera- por parte de todos los líderes políticos. Su creador debería pedir perdón públicamente y, por supuesto, dejaría de publicarse inmediatamente. Pero el uso que se hace de los tópicos, el sentido del humor que tienen -o no tienen- los diferentes colectivos y la necesidad de ser siempre políticamente correctos es otro tema y yo voy a lo que voy.
Y a lo que voy, como siempre, es al tema de lo que se le pide a los hijos y de lo que de ellos se obtiene. Cada familia, cuando espera un hijo, crea una imagen de esa criatura que, en su inocencia, espera que se corresponda con la realidad.
Primero es una imagen física: el bebé será guapo, regordete, digno de una portada, sacará lo mejor del padre y de la madre. Cuando eso no es así hay un período de adaptación que a muchas personas les produce incluso depresión o problemas serios. He leído que padres de niños prematuros que, por muy guapos que vayan a ser, pasan un período en el cual su aspecto es angustioso, necesitan superar una fase de decepción.
Después vienen aspectos básicos del crecimiento: ha de dormir bien, comer bien, controlar esfínteres sin problemas, andar y hablar con prontitud, etc. El baremo lo ponen los hijos ajenos o los artículos de revistas especializadas.
Llega la hora del cole y entonces ese hijo será ese niño que aprende pronto a leer y a escribir, que no tiene problemas de relación, que es educado y que trae unos informes impecables.
Y llega la adolescencia y ese hijo caminará por los caminos de la responsabilidad, tendrá presentes los consejos de sus padres, les demostrará su cariño y su rebeldía se circunscribirá a pequeñas escaramuzas dialécticas que tranquilizarán a sus padres demostrando que su hijo es un adolescente normal.
La juventud no traerá más problemas que los propios de esa edad: sabrá escoger una carrera adecuada -porque por supuesto estudiará- y se emparejará con alguien acorde a su educación y su carácter.
Y fin de la historia. Los padres llegarán tranquilos y relajados a la vejez. Repasarán los álbumes familiares y comentarán cómo sus hijos sólo les han reportado momentos de felicidad.
Pero, ay, puede que nos encontremos en la penosa situación de la familia Churumbel: ese hijo bienamado en quien hemos puesto todas nuestras ilusiones, será diferente en algún momento de su vida a como lo habíamos "diseñado". Puede que sea feo, que no duerma, que llore interminablemente, que tenga problemas para aprender, que pegue a los compañeros, que empiece a fumar, que nos chille, que se relacione con amigos que no nos gustan, que oiga música insufrible -para nuestro criterio-, que deje los estudios o los aparque, que encuentre una pareja ante la cual se nos abran las carnes... No todo ello a la vez, por caridad, pero sí algo que desdibuje esa imagen ideal que habíamos soñado desde que lo vimos en la ecografía.
Y entonces viene nuestra tarea, ardua, dura. Una tarea como la de recuperarse de una enfermedad, como la de rehabilitarse de una adicción: aceptar que los hijos no nos pertenecen, que vienen de nosotros pero no son nosotros, ni nuestros sueños, ni nuestros planes, ni nuestros objetivos. Quererlos como son, por lo que son y a pesar de lo que son.
Y mientras lo conseguimos siempre podemos pegarnos los berriches de Manuel Churumbel. Buena crianza.
(Imagen: Manuel Vázquez)
martes, 12 de julio de 2011
Lenguaje técnico. La maternidad
"No está el horno para bollos."
"Acaba ya que el agua y el gas no los regalan."
"O acabas ya o te lo arranco (el cable de la play, malpensados)."
"¿Te has dejado la luz de la habitacióbn encendida por algo?"
"La ropa que hay en el suelo, ¿es para tirar?"
"Ya te darás cuenta cuando tengas hijos."
"Mientra estés en esta casa, harás lo que toque."
"Ni dieciocho, ni dieciocha."
"¿Qué pasa, que no tienes casa?"
"Te he dicho millones de veces que no andes descalzo."
"Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo."
"Me duele la boca de decírtelo."
"No dejéis migas que no tenemos pollos."
"¿Tú te crees que el dinero se cría en los árboles?"
"A cualquier cosa le llaman estudiar."
Y suma y sigue. No recuerdo más porque a medida que ellos entran en la adolescencia yo envejezco a marchas forzadas.
(Imagen: hwblackrose.blogspot.com)
"Acaba ya que el agua y el gas no los regalan."
"O acabas ya o te lo arranco (el cable de la play, malpensados)."
"¿Te has dejado la luz de la habitacióbn encendida por algo?"
"La ropa que hay en el suelo, ¿es para tirar?"
"Ya te darás cuenta cuando tengas hijos."
"Mientra estés en esta casa, harás lo que toque."
"Ni dieciocho, ni dieciocha."
"¿Qué pasa, que no tienes casa?"
"Te he dicho millones de veces que no andes descalzo."
"Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo."
"Me duele la boca de decírtelo."
"No dejéis migas que no tenemos pollos."
"¿Tú te crees que el dinero se cría en los árboles?"
"A cualquier cosa le llaman estudiar."
Y suma y sigue. No recuerdo más porque a medida que ellos entran en la adolescencia yo envejezco a marchas forzadas.
(Imagen: hwblackrose.blogspot.com)
lunes, 4 de julio de 2011
Sabiendo que jamás me he equivocado en nada, sino en las cosas que yo más quería
Tiene Luis Rosales un precioso poema titulado "Autobiografía". Un poema que yo no conocía hasta que un amigo, que coordina la revista del instituto, lo publicó en ella para conocimiento de sabios e ignorantes.
Del poema unos versos me golpearon en el pecho y son los que titulan esta entrada: "...sabiendo que jamás me he equivocada en nada, sino en las cosas que yo más quería."
Haciendo la salvedad de que yo me he equivocado en muchas cosas, cierto es que se tiene tendencia a equivocarse en aquello que más se quiere.
Porque el querer nubla el entendimiento. Hace perder la perspectiva. Impacienta, exige, desespera. El querer nos hace vacilar ante lo que el sentido común vería claro. El querer convierte en una estrella al ser querido y se pretende que brille como ninguna, que no tenga parpadeos, que no la tape una nube, que no la empañe una lágrima.
Si esto es cierto en general, más cierto es en el amor de madres a hijos. Ahí perdemos pie. Equivocarnos es el sino y el destino. Vacilar, dudar, no escarmentar en cabeza ajena, despreciar la experiencia, sentirnos desdichadas, hablar y querer recuperar las palabras, callar y querer haber dicho, luchar contra el tiempo, no ver lo evidente, ver lo que no existe...
En lo que yo más quería, en donde nunca habría una de equivocarse.
(Imagen: sobrevivire.blogspirit.com)
Del poema unos versos me golpearon en el pecho y son los que titulan esta entrada: "...sabiendo que jamás me he equivocada en nada, sino en las cosas que yo más quería."
Haciendo la salvedad de que yo me he equivocado en muchas cosas, cierto es que se tiene tendencia a equivocarse en aquello que más se quiere.
Porque el querer nubla el entendimiento. Hace perder la perspectiva. Impacienta, exige, desespera. El querer nos hace vacilar ante lo que el sentido común vería claro. El querer convierte en una estrella al ser querido y se pretende que brille como ninguna, que no tenga parpadeos, que no la tape una nube, que no la empañe una lágrima.
Si esto es cierto en general, más cierto es en el amor de madres a hijos. Ahí perdemos pie. Equivocarnos es el sino y el destino. Vacilar, dudar, no escarmentar en cabeza ajena, despreciar la experiencia, sentirnos desdichadas, hablar y querer recuperar las palabras, callar y querer haber dicho, luchar contra el tiempo, no ver lo evidente, ver lo que no existe...
En lo que yo más quería, en donde nunca habría una de equivocarse.
(Imagen: sobrevivire.blogspirit.com)
sábado, 25 de junio de 2011
Quien escucha, su mal oye
Cuando preguntamos a nuestros preciosos hijitos dónde van, con quién, hasta cuándo, para qué, etc. obtenemos vaguedades, en el mejor de los casos, y miradas asesinas en el peor.
Las respuestas se mueven en un arco que va de los bufidos a los gruñidos pasando por los silencios, los gestos y las risas cómplices con sus hermanos, si los hubiera.
Y sin embargo no tienen pudor en mostrar al mundo cosas íntimas, personales, fotos en posturitas, deseos inconfesables, anhelos secretos, datos y detalles que ni poniéndoles cerillas bajo las uñas nosotros podríamos conseguir.
No saben, por más que se lo decimos, que aquello que ponen en la red es una botella que se lanza al océano, algo sobre lo que se pierde el control y que, como se dice en las películas de polis, en cualquier momento puede ser usado en tu contra.
Esos amigos del alma se perderán en el tiempo; esos amores eternos se diluirán como un azucarillo pero los rastros que han dejado en la red darán y darán vueltas recordando un pasado a veces muy olvidable. Se abren a los desconococidos, a los amigos del alma de un cuarto de hora, a los compañeros de parranda. A los padres no, que están en el lado oscuro, que no les comprenden, que no se enrollan, que les hacen la púa. A los padres, ni agua, que bastantes secretos les han guardado en la infancia y bastantes sueños les han velado (a saber de lo que se enteraron cuando hablaban en sus pesadillas).
Así que daré vueltas en la red, como un satélite desnortado, esperando encontrar alguna explicación de las que se me niegan. O, pensándolo bien, mejor me quedo quietecita que aquello que desconocemos no nos puede hacer daño.
(Imagen: gaturro.com)
Las respuestas se mueven en un arco que va de los bufidos a los gruñidos pasando por los silencios, los gestos y las risas cómplices con sus hermanos, si los hubiera.
Y sin embargo no tienen pudor en mostrar al mundo cosas íntimas, personales, fotos en posturitas, deseos inconfesables, anhelos secretos, datos y detalles que ni poniéndoles cerillas bajo las uñas nosotros podríamos conseguir.
No saben, por más que se lo decimos, que aquello que ponen en la red es una botella que se lanza al océano, algo sobre lo que se pierde el control y que, como se dice en las películas de polis, en cualquier momento puede ser usado en tu contra.
Esos amigos del alma se perderán en el tiempo; esos amores eternos se diluirán como un azucarillo pero los rastros que han dejado en la red darán y darán vueltas recordando un pasado a veces muy olvidable. Se abren a los desconococidos, a los amigos del alma de un cuarto de hora, a los compañeros de parranda. A los padres no, que están en el lado oscuro, que no les comprenden, que no se enrollan, que les hacen la púa. A los padres, ni agua, que bastantes secretos les han guardado en la infancia y bastantes sueños les han velado (a saber de lo que se enteraron cuando hablaban en sus pesadillas).
Así que daré vueltas en la red, como un satélite desnortado, esperando encontrar alguna explicación de las que se me niegan. O, pensándolo bien, mejor me quedo quietecita que aquello que desconocemos no nos puede hacer daño.
(Imagen: gaturro.com)
sábado, 18 de junio de 2011
La madre de Caperucita
Cuando yo vuelva a nacer, si vuelvo a ser madre, me pido ser la madre de Caperucita.
Esta mujer, de la cual no sabemos ni el nombre, es mi heroína, la persona que vive su vida y halla su felicidad en saber siempre lo que hace, sin reflexiones culpables ni remordimientos.
Veamos la historia:
Tiene una madre que vive sola en un bosque, en una casa solitaria cuya puerta se abre tirando de una cuerda. Está en cama porque no se encuentra bien y ningún medio de comunicarse conocido, que sepamos, tiene a su alcance.
Tiene una hija, por la estatura con la que aparece en las ilustraciones de no más de 10 años, que no va a la escuela ni se relaciona con nadie.
Con estos mimbres el personaje de la madre de Caperucita -muy hacendosa, eso sí, porque le ha hecho la capita colorada- debería ser un alma torturada. Corriendo entre su casa y la del bosque para atender a su madre, buscando para su hija alguien que la cuidara durante su ausencia y también decidiendo qué ofrecerle para mejorar su futuro. Pobre madre, hubiera podido ser la protagonista de un cuento torturado, de gran profundidad psicológica del personaje, ocupando sus tribulaciones el centro de la historia.
Pero, ¿qué tenemos?. Una madre dedicada a sus labores cotidianas que llenan su ocio y la realizan -ahora coso un vestidito, ahora hago unos pasteles, ahora emboto miel- que recuerda que su propia madre no está muy bien y debería llevársele algo de comer. Así pues prepara una cesta: miel, vino (???Sí, en algunas versiones le envía vino, digo yo que para olvidar las penas) y un pastel. Ir ella no le va bien, quizá daban su serial favorito o una causa similar. Así que quién mejor que su hijita. Sólo debe atravesar el bosque, tener cuidado con un lobo que ronda y no salirse del camino. Cosas todas ellas al alcance de una niña de diez años bien educada. Le hace unas recomendaciones al respecto y la envía a cumplir con su misión.
El resto del cuento todos lo sabemos: se encuentra al lobo, le habla, se sale del camino, hace todo lo contrario de lo que debería y le pasa lo que le pasa.
Por mucho menos de eso la Administracion Pública le quitaría a esa madre la custodia y se la acusaría de maltrato a menores y a ascendientes a su cargo pero en este cuento no recae en ella ni la moraleja. La moraleja es para la niña: ojo, no desobedezcas a tus mayores que siempre velan por ti y saben lo que hacen. Anota los valores que te preservarán de los problemas: discreción en el trato con desconocidos y obediencia a los consejos maternos.
¡Qué gusto sería ser una madre así! Libre de culpas, de duelos y quebrantos por lo que ha sucedido o por lo que pueda suceder. Exculpada por el mundo y por una misma. Dejando que cada cual viva como pueda y siga o no los consejos sacando las consecuencias oportunas. ¡¡Me pido el personaje!!
(Imagen: jorgulio-nuube.blogspot.com)
Esta mujer, de la cual no sabemos ni el nombre, es mi heroína, la persona que vive su vida y halla su felicidad en saber siempre lo que hace, sin reflexiones culpables ni remordimientos.
Veamos la historia:
Tiene una madre que vive sola en un bosque, en una casa solitaria cuya puerta se abre tirando de una cuerda. Está en cama porque no se encuentra bien y ningún medio de comunicarse conocido, que sepamos, tiene a su alcance.
Tiene una hija, por la estatura con la que aparece en las ilustraciones de no más de 10 años, que no va a la escuela ni se relaciona con nadie.
Con estos mimbres el personaje de la madre de Caperucita -muy hacendosa, eso sí, porque le ha hecho la capita colorada- debería ser un alma torturada. Corriendo entre su casa y la del bosque para atender a su madre, buscando para su hija alguien que la cuidara durante su ausencia y también decidiendo qué ofrecerle para mejorar su futuro. Pobre madre, hubiera podido ser la protagonista de un cuento torturado, de gran profundidad psicológica del personaje, ocupando sus tribulaciones el centro de la historia.
Pero, ¿qué tenemos?. Una madre dedicada a sus labores cotidianas que llenan su ocio y la realizan -ahora coso un vestidito, ahora hago unos pasteles, ahora emboto miel- que recuerda que su propia madre no está muy bien y debería llevársele algo de comer. Así pues prepara una cesta: miel, vino (???Sí, en algunas versiones le envía vino, digo yo que para olvidar las penas) y un pastel. Ir ella no le va bien, quizá daban su serial favorito o una causa similar. Así que quién mejor que su hijita. Sólo debe atravesar el bosque, tener cuidado con un lobo que ronda y no salirse del camino. Cosas todas ellas al alcance de una niña de diez años bien educada. Le hace unas recomendaciones al respecto y la envía a cumplir con su misión.
El resto del cuento todos lo sabemos: se encuentra al lobo, le habla, se sale del camino, hace todo lo contrario de lo que debería y le pasa lo que le pasa.
Por mucho menos de eso la Administracion Pública le quitaría a esa madre la custodia y se la acusaría de maltrato a menores y a ascendientes a su cargo pero en este cuento no recae en ella ni la moraleja. La moraleja es para la niña: ojo, no desobedezcas a tus mayores que siempre velan por ti y saben lo que hacen. Anota los valores que te preservarán de los problemas: discreción en el trato con desconocidos y obediencia a los consejos maternos.
¡Qué gusto sería ser una madre así! Libre de culpas, de duelos y quebrantos por lo que ha sucedido o por lo que pueda suceder. Exculpada por el mundo y por una misma. Dejando que cada cual viva como pueda y siga o no los consejos sacando las consecuencias oportunas. ¡¡Me pido el personaje!!
(Imagen: jorgulio-nuube.blogspot.com)
jueves, 16 de junio de 2011
De mi pasado vengo (III)
En esta fotografía están mis abuelos maternos, mi tío, mi madre y mi tía. Falta la más pequeña, que nacería unos años después.
Está hecha a principios de los 40: quizá era la primavera de 1941 ó 42.
Mi tío y mi madre se llevaban unos 20 meses. La diferencia de edad entre mi madre y mi tía era de más de cuatro años. En esos años que las separan habían nacido otras dos criaturas que murieron en el intervalo de pocas semanas: Silverio, con algo más de dos años y Francisco, de unos pocos meses. A los dos se los llevó el sarampión que entonces hacía estragos, como tantas otras enfermedades infantiles. Los primeros años eran críticos y si los niños los superaban había otro trance que pasar: la primera juventud, en la cual la tuberculosis les rondaba y se llevaba a muchos de ellos.
Mi abuela fue una madre con suerte: sólo perdió dos hijos. Vecinas y amigas perdieron tres, cuatro, seis... Los hijos te los daba Dios y Dios te los quitaba. Perderlos era algo tan natural como parirlos. Se morían y a ello todo el mundo estaba acostumbrado: "Angelitos al cielo y ropita al arca". Los angelitos volvían al lugar de donde habían venido y la ropa se guardaba porque al año siguiente seguramente se habría de volver a usar. Se les velaba, se les lloraba, se les enterraba y se les olvidaba. A veces, se aprovechaba su nombre para otro que nacía después. De los que hubieran sido mis tíos no queda ni siquiera una fotografía. Fotografiarse era un acontecimiento para el cual había que prepararse con tiempo.
Cuando pensamos en el desgarro que debe producir la muerte de un hijo nos sorprenden estas historias tan cercanas a nosotros. Cuando los hijos se han convertido en el centro de atención, cuando absorben tu pasado, tu presente y hasta tu futuro, cuando sus cambios y vaivenes determinan la felicidad propia, se nos hace difícil comprender cómo no hace tanto tiempo eran una parte de la vida que venía con naturalidad -si no venían se podían criar los sobrinos, los ahijados... que para eso había muchos en casi todas las famlias-, se criaba con naturalidad y si se iban la vida seguía porque ni eran el centro ni podían serlo. Se esperaba de ellos que crecieran con lo que había -lo mismo que sus padres habían tenido-, que ayudaran en cuanto tuvieran edad -que era muy pronto- y que cuidaran a sus padres en la vejez..
Así era la vida y de ella venimos. Sin olvidarnos de que así sigue siendo todavía en sitios no tan lejanos.
(Imagen: fotografía familiar. Principios de los años 40 del siglo pasado)
Está hecha a principios de los 40: quizá era la primavera de 1941 ó 42.
Mi tío y mi madre se llevaban unos 20 meses. La diferencia de edad entre mi madre y mi tía era de más de cuatro años. En esos años que las separan habían nacido otras dos criaturas que murieron en el intervalo de pocas semanas: Silverio, con algo más de dos años y Francisco, de unos pocos meses. A los dos se los llevó el sarampión que entonces hacía estragos, como tantas otras enfermedades infantiles. Los primeros años eran críticos y si los niños los superaban había otro trance que pasar: la primera juventud, en la cual la tuberculosis les rondaba y se llevaba a muchos de ellos.
Mi abuela fue una madre con suerte: sólo perdió dos hijos. Vecinas y amigas perdieron tres, cuatro, seis... Los hijos te los daba Dios y Dios te los quitaba. Perderlos era algo tan natural como parirlos. Se morían y a ello todo el mundo estaba acostumbrado: "Angelitos al cielo y ropita al arca". Los angelitos volvían al lugar de donde habían venido y la ropa se guardaba porque al año siguiente seguramente se habría de volver a usar. Se les velaba, se les lloraba, se les enterraba y se les olvidaba. A veces, se aprovechaba su nombre para otro que nacía después. De los que hubieran sido mis tíos no queda ni siquiera una fotografía. Fotografiarse era un acontecimiento para el cual había que prepararse con tiempo.
Cuando pensamos en el desgarro que debe producir la muerte de un hijo nos sorprenden estas historias tan cercanas a nosotros. Cuando los hijos se han convertido en el centro de atención, cuando absorben tu pasado, tu presente y hasta tu futuro, cuando sus cambios y vaivenes determinan la felicidad propia, se nos hace difícil comprender cómo no hace tanto tiempo eran una parte de la vida que venía con naturalidad -si no venían se podían criar los sobrinos, los ahijados... que para eso había muchos en casi todas las famlias-, se criaba con naturalidad y si se iban la vida seguía porque ni eran el centro ni podían serlo. Se esperaba de ellos que crecieran con lo que había -lo mismo que sus padres habían tenido-, que ayudaran en cuanto tuvieran edad -que era muy pronto- y que cuidaran a sus padres en la vejez..
Así era la vida y de ella venimos. Sin olvidarnos de que así sigue siendo todavía en sitios no tan lejanos.
(Imagen: fotografía familiar. Principios de los años 40 del siglo pasado)
martes, 14 de junio de 2011
¡Qué culpa tengo de quererte tanto!
En su sensible blog Melina ha incluído un poema de Leopoldo Lugones.
Supongo que el poeta no pensaba en el amor de una madre a su hijo cuando lo escribía pero yo, sensible al tema desde siempre y en los últimos tiempos dramáticamente sensible, hago míos esos versos y digo: ¡Qué culpa tengo de quererte tanto!
Y sin embargo, culpa tengo. Soy culpable de confiar cuando no debo y desconfiar cuando no es necesario. Soy culpable de buscar sus manos y sentirme sola si ya no caben en las mías. Soy culpable de haber construído mi felicidad sobre un futuro ajeno. Soy culpable de pedir lo que yo doy. Soy culpable de ser dura y de ser tierna, de ser exigente y de ser condescendiente. Culpable de espiar, de escuchar. Culpable de no oír. Culpable de no ver. Culpable de ver demasiado. Culpable de llevar por bandera la maternidad. Culpable de querer que vean la vida con mis ojos, que sientan con mi corazón, que luchen por mis ideales. Culpable de avergonzarme por ellos cuando ellos son yo misma.
Soy culpable de no escuchar sus voces, de no valorar sus sueños, de que el cristal con el que miran me sea ajeno. Culpable de no tener paciencia, de no saber esperar que las aguas vuelvan a su cauce. Culpable de no aplicar lo que predico. Culpable soy pero ya estoy pagando: en el pecado llevo la penitencia.
Sólo he de decir en mi descargo que el amor es infinito. Pero también, como el poeta, he de decir "Y es tan hondo el dolor con que te quiero, que tengo miedo de quererte así". Que mi amor no les asfixie, que mi amor no les ahuyente, que mi amor no les dé miedo, que mi amor no les aparte de mí.
(Imagen: Paty Cruzat "Abrazo máximo")
martes, 10 de mayo de 2011
Mamá Dalton
Me dicen, y tienen razón, que en la vida hay más temas que los relacionados con madres e hijos. Pero como yo puedo ser muy cansina si me lo propongo, allá voy con mi tema favorito.
Mamá Dalton: qué gran icono de la literatura. La matriarca de cuatro hijos, más feos que picio y más simples que el asa de un cubo (excepto el pequeño-mayor que es al que desprecia), empeñada en catapultarlos al éxito delicuencial que es para ella el destino y el futuro ideal.
Les teje con primor trajecitos de presidiario, les enseña cómo sacar el arma del refajo, les inculca el pundonor de querer ser el ladrón perfecto, les anima en la comisión de delitos sin caer en el desaliento...Pero, ay, a pesar del sueño materno sus hijos no están hechos para ello y acumulan fracaso tras fracaso sin que Mamá Dalton ceje por ello en su empeño. Ni unos ni otra consiguen lo que quieren.
Moraleja de esta entrada: no seamos Mamás Dalton, no preparemos el futuro de nuestros hijos antes de tiempo porque su camino, sus intereses, sus sueños... puede que vayan por otros derroteros. Pero si aún así los pobres vástagos se enfrentan a mamás Dalton personales entonces el consejo es para ellos: cambia el guión, hijo. Y a tu madre que la zurzan.
(No te olvides de pinchar el enlace)
(Imagen: Morris)
Mamá Dalton: qué gran icono de la literatura. La matriarca de cuatro hijos, más feos que picio y más simples que el asa de un cubo (excepto el pequeño-mayor que es al que desprecia), empeñada en catapultarlos al éxito delicuencial que es para ella el destino y el futuro ideal.
Les teje con primor trajecitos de presidiario, les enseña cómo sacar el arma del refajo, les inculca el pundonor de querer ser el ladrón perfecto, les anima en la comisión de delitos sin caer en el desaliento...Pero, ay, a pesar del sueño materno sus hijos no están hechos para ello y acumulan fracaso tras fracaso sin que Mamá Dalton ceje por ello en su empeño. Ni unos ni otra consiguen lo que quieren.
Moraleja de esta entrada: no seamos Mamás Dalton, no preparemos el futuro de nuestros hijos antes de tiempo porque su camino, sus intereses, sus sueños... puede que vayan por otros derroteros. Pero si aún así los pobres vástagos se enfrentan a mamás Dalton personales entonces el consejo es para ellos: cambia el guión, hijo. Y a tu madre que la zurzan.
(No te olvides de pinchar el enlace)
(Imagen: Morris)
jueves, 5 de mayo de 2011
21 gramos
21 gramos pesa el alma, dicen los rumores. 21 gramos que, a veces, nos aplastan.
Cuando los hijos son desconocidos, cuando lo que dicen y lo que hacen los convierten en extraños, cuando lo único que podemos hacer es rezar aunque haga tiempo que hemos perdido la fe, los 21 gramos nos lastran y sentimos que el vacío nos llena.
Nadie mejor que una madre desconcertada para entender que nuestra pequeña alma de 21 gramos se pueda hacer insostenible.
Aquí estamos rezando sin Dios, rezando sin fe, rezando sin esperar respuesta. Rezando para que las aguas vuelvan a su cauce. Rezando para que los abrazos llenen de nuevo nuestra vida. Rezando por él y por nosotras. Rezando para salir del dolor y volver a la armonía.
(Imagen: Madre e hijo. Gustav Klimt)
martes, 3 de mayo de 2011
La última maternidad
Tan poquita cosa (Abre este enlace tanto si eres madre como si no. Si lo eres, sentirás que la voz de Pasión Vega es la tuya. Si no lo eres, comprenderás por qué la maternidad no puede explicarse.
Gracias a la amiga que me descubrió esta canción.)
No sólo el primer hijo, también el último te hace diferente.
La última vez que sientes la vida dentro, la última vez
que te descubres en otros ojos, para siempre. La última vez que acechas la respiración de un bebé, la última vez que le alimentas con tu vida. Te hace grande y te hace pequeña. Te hace poderosa y frágil. Segura y ansiosa. Tierna. Dulce.
Cierras un ciclo. El Universo se contrae hasta el tamaño de una cuna.
Vive y siente desde la piel hasta el corazón. No volverán esos momentos. Habrá otros pero esos, que ya son pasado, en el pasado viven.
(Imagen: fotografía propia. Mi niña pidiendo deseos al viento)
domingo, 1 de mayo de 2011
Día de la madre
Por las pataditas en la barriga. Por sentir la vida crecer en mí.
Por descubrir en otros ojos un vínculo eterno.
Por la primera palabra. Por las sonrisas. Por los bracitos que se alargan desde la cuna.
Por las canciones a voz en grito en el coche. Por los dibujos. Por los besos espontáneos. Por los besos robados.
Por las broncas y las lágrimas. Por las expectativas cumplidas y por las fracasadas.
Por todo lo bueno que queda por venir. Por todo lo bueno vivido. Por lo malo que nos une. Por lo que conseguiremos juntos.
Por ayudarme a ser mejor persona, más generosa, más abierta, más flexible. Por ayudarme a dejar el tabaco, a comer verdura y a cumplir horarios.
Por la alegría de ser como son, por la esperanza de que sean como serán.
Por darme ganas de vivir incluso cuando las sombras acechan.
Porque vienen del pasado y van hacia el futuro. Porque me lo dan todo sin saberlo.
Porque son libres y son míos.
(Imagen: Forges)
Por descubrir en otros ojos un vínculo eterno.
Por la primera palabra. Por las sonrisas. Por los bracitos que se alargan desde la cuna.
Por las canciones a voz en grito en el coche. Por los dibujos. Por los besos espontáneos. Por los besos robados.
Por las broncas y las lágrimas. Por las expectativas cumplidas y por las fracasadas.
Por todo lo bueno que queda por venir. Por todo lo bueno vivido. Por lo malo que nos une. Por lo que conseguiremos juntos.
Por ayudarme a ser mejor persona, más generosa, más abierta, más flexible. Por ayudarme a dejar el tabaco, a comer verdura y a cumplir horarios.
Por la alegría de ser como son, por la esperanza de que sean como serán.
Por darme ganas de vivir incluso cuando las sombras acechan.
Porque vienen del pasado y van hacia el futuro. Porque me lo dan todo sin saberlo.
Porque son libres y son míos.
(Imagen: Forges)
miércoles, 27 de abril de 2011
Las virtudes cardinales de una madre
Quienes tuvimos que estudiar el catecismo recordamos las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Cuando las recitábamos de memoria no teníamos ni idea de lo que querían decir pero tampoco sabíamos que tendríamos oportunidad de aplicarlas cada día.
Prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar. Esta virtud aplicada a la ciencia maternal nos permite maniobrar con elegancia entre el castigo y la flexibilidad, entre el mimo y los morros, entre la mirada asesina y el perdón sin condiciones.
Justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. La virtud de la Justicia en ciencia maternal se traduce en esperar contando hasta cien antes de hacer con tus hijos lo que te pide el cuerpo, no escatimar los besos de uno en favor de otro y analizar sus razones con la importancia que ellos les conceden.
Fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. La Fortaleza en las madres es la virtud que nos sustenta en las noches de lactancia pero, sobre todo, en el tránsito por la adolescencia filial sin caer en la desesperación.
Templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. Nos ayuda en nuestra tarea materna a no esperar de nuestros hijos que sean Einstein si les gusta la ciencia, Paco de Lucía si tocan la guitarra o Naomi Campbell si se prueban modelitos. Nos controla los anhelos y modera las visiones del futuro.
¿Cómo? ¿Que no os reconocéis en esas madres modelo de Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza? Bienvenidas al club.
Por lo menos que no nos falten las virtudes teologales: Fe en que lo hacemos lo mejor que podemos, Esperanza en tiempos mejores y Caridad para con nosotras mismas. Amén.
(Imagen: fatima.org.pe)
viernes, 22 de abril de 2011
Agujeros negros o porqué Hawking no tiene misterios para una madre
"Un agujero negro es una región finita del espacio-tiempo provocada por una gran concentración de masa en su interior, con enorme aumento de la densidad, lo que genera un campo gravitatorio tal que ninguna partícula material, ni siquiera los fotones de luz, pueden escapar de dicha región." Es decir, un agujero negro es un objeto con una gravedad tan fuerte que nada puede escaparse de él, ni siquiera la luz. Todo lo que pasa por el horizonte es atrapado dentro del agujero negro.Bueno, bueno. Habrá quien encuentre indigestas estas palabras, quien recuerde sus años de estudio de la Física con aprensión. Habrá quien no se sobreponga al desconcierto de que haya mentes tan preclaras en el Universo que puedan hablar sin que nadie, excepto unos pocos iniciados, los entiendan. Habrá incluso quien, impelido por un extraño e inexplicable deseo de saber, se lance a las páginas de Internet para intentar desentrañar algo más de este misterio que los científicos estudian para, posteriormente, iluminarnos.
Para estos últimos, deseosos de aprender, anhelantes de descubrir algo nuevo cada día, aporto mi granito de arena. Según mi teoría de Madre con mayúscula los agujeros negros tienen un reflejo paralelo en la vida cotidiana, son regiones finitas y delimitadas que ocupan un espacio-tiempo en el hogar (e incluso en el coche). Cuando los científicos discuten si existen o no, cuál es el más grande o el más pequeño, cómo se crean o cómo se destruyen, qué me ocurriría si me cayera dentro, cuántos hay, si hay alguno cercano a la Tierra, si son pasadizos a otro Universo... las Madres de Familia, así, con mayúscula de nuevo, tenemos datos irrefutables sobre todas estas cuestiones.
Primero: existir, existen. Sobre esto no hay duda. A los 5 años se encuentran en los bolsillos de los pantalones de nuestro hijo. A los 8, en los bolsitos Hanna Montana de nuestra niña. A los 14, debajo del colchón. A los 17, en el estante del armario. También nos sorprenden al ubicarse en el techo de una estantería, en el rincón más escondido del cuarto de baño, en el bolsillo de un albornoz, en la mochila de diario, en la de piscina, en la de excursiones, en la de educación física...
Segundo: todos son grandes. Cómo sino acogerían piedras, calcetines, muñequitos, un labial roto, tres canicas, la primera foto erótica encontrada, el preservativo que le repartieron en el instituto en la charla de sexualidad, un cargador de móvil, un colgante, dos pañuelos usados y uno sin usar, una lima, dos pegatinas, un chicle -usado o sin usar-, una bolsa de chuches, una linterna, llaveros, tazos, cromos, un mp3 que no funciona, el aparato de ortodoncia antiguo y el nuevo, la correa del reloj, el palestino, una funda de paraguas... y así hasta el infinito.
Tercero: se empiezan a crear cuando el Predictor da positivo y no se destruyen jamás. Por la experiencia de otras madres sé que, una vez los hijos se van de casa, se llevan todo menos sus agujeros negros que, inexplicablemente, siguen creciendo con cada visita.
Cuarto: no sólo están cercanos a la Tierra sino que son consustanciales a la vida en la Tierra.
Quinto: jamás nos llevarán a otro Universo porque, por desgracia para los hijos -y aquí lanzo un órdago a los supercientíficos para que lo expliquen- lo engullen todo menos a las Madres.
De las Supernovas ya hablaremos otro día.
Los ladrones de cuerpos
Hace muchos años, cuando yo veía películas de terror, ésta es una de las que más pesadillas me produjeron.
No había sangre, ni asesinos con sierras eléctricas, ni vampiros, ni tiburones que te arrancaban una pierna por menos de nada... La historia era mucho más inquietante porque el terror rozaba la piel en el calor del hogar.
Para quien no la conozca: un pueblo tranquilo, una comunidad de personas con vidas normales, con familias normales... De repente, la gente empieza a cambiar. Sale un día de casa (creo recordar que hacia unas dunas) y, cuando vuelve, parecen los mismos pero no lo son. Tienen los mismos ojos, la misma boca, la misma voz, los mismos ademanes... pero no son los mismos. En esta historia unas vainas gigantes (de origen extraterrestre) ocupan los cuerpos de los humanos para adueñarse de la Tierra.
Y mira tú por dónde, al cabo de los años, los ladrones de cuerpos han llegado a mi casa.
Tenía yo una criatura tierna y amorosa, un osito de peluche cálido y generoso que daba mucho más de lo que pedía. Y un día salió de casa y volvió como un osito de peluche armado: vociferante, impaciente, intranquilo, rebelde sin causa, víctima y verdugo de sí mismo. Mister Hyde, el hombre lobo, el conde Drácula, Hulk, la Bestia...
¿Dónde están esas vainas? ¡Que me las cargo!
(Imagen: cuadernosdecine.blogspot.com)
No había sangre, ni asesinos con sierras eléctricas, ni vampiros, ni tiburones que te arrancaban una pierna por menos de nada... La historia era mucho más inquietante porque el terror rozaba la piel en el calor del hogar.
Para quien no la conozca: un pueblo tranquilo, una comunidad de personas con vidas normales, con familias normales... De repente, la gente empieza a cambiar. Sale un día de casa (creo recordar que hacia unas dunas) y, cuando vuelve, parecen los mismos pero no lo son. Tienen los mismos ojos, la misma boca, la misma voz, los mismos ademanes... pero no son los mismos. En esta historia unas vainas gigantes (de origen extraterrestre) ocupan los cuerpos de los humanos para adueñarse de la Tierra.
Y mira tú por dónde, al cabo de los años, los ladrones de cuerpos han llegado a mi casa.
Tenía yo una criatura tierna y amorosa, un osito de peluche cálido y generoso que daba mucho más de lo que pedía. Y un día salió de casa y volvió como un osito de peluche armado: vociferante, impaciente, intranquilo, rebelde sin causa, víctima y verdugo de sí mismo. Mister Hyde, el hombre lobo, el conde Drácula, Hulk, la Bestia...
¿Dónde están esas vainas? ¡Que me las cargo!
(Imagen: cuadernosdecine.blogspot.com)
jueves, 14 de abril de 2011
domingo, 10 de abril de 2011
Llevarse los cascos y contar bien el cambio
Esas dos condiciones eran las indispensables para que una criatura, no hace tanto tiempo, ya estuviera en condiciones de salir a comprar con eficacia.
Una lista de la compra típica, como las que me daba mi madre para el colmado de nuestra calle, podía incluir una botella de leche, dos yogures, un limpiador, medio kilo de patatas y un salchichón.
Con estos u otros encargos parecidos y con los cascos (los envases, en castizo) el angelito se dirigía a la tienda con su cesta. Volvía a su casa con los productos, el trozo de papel de estraza donde se apuntaba la cuenta y el cambio bien contado a su madre. Y fin de la historia. Sostenibilidad. Implicación familiar. Responsabilidades al nivel de cada uno. Educación en estado puro.
Lo que parecía algo útil y sencillo intentamos reproducirlo con nuestros hijos y se convierte en una intrincada misión de la cual es difícil salir plenamente victorioso.
Veamos. Primer problema: el colmado de la calle ha desaparecido. Si recurrimos al paki, al chino o similar la barrera idiomática o los gustos étnicos pueden hacer que nuestro retoño no pueda solventar con éxito todos los encargos. Segundo: tenemos un super cercano pero la lista de la compra se vuelve un mensaje críptico para nuestro pequeño/a que, desolado y lloroso, intenta descifrar delante de los lineales. Dos yogures hemos escrito pero ¿cero, con salvia, sin frío, trozos, sabor, líquido, probiótico, con cereales, griego, con bífidus, enriquecidos, con fibra, pasteurizados...? Un limpiador pero ¿neutro, multiusos, bajo en COV, ácido, líquido, en polvo, desinfectante, con/sin lejía, desodorizante, desengrasante...? Una botella de leche pero ¿cruda, certificada cruda, pasteurizada, en polvo, condensada, con soja, sin lactosa, con calcio añadido, con calcio natural, con fibra, desnatada, entera, semidesnatada, saborizada, enriquecida...? Patatas pero ¿monalisa, roja, de Prades, de Galicia, nuevas, blancas, harinosas...? Un salchichón pero ¿de ciervo, de jabalí, con pimienta negra, de Vic, ibérico, hígado de Calamocha, cular, curado...? Tercero: con lo que se ha echado en el cesto -aproximadamente y por intuición algo se habrá acertado- nuestro desconsolado hijo intenta pagar en la caja: ¿Tienes uno de veinte, tarjeta del establecimiento, lo llevas justo, la bolsa son 3 céntimos, niño, porqué pita la alarma, qué llevas ahí...?
Abrimos la puerta de casa y lo recibimos en nuestros brazos agradecidas de que aquello que trae se parezca mínimamente a lo que le pedimos y rogamos para nuestros adentros que la experiencia no lo haya traumatizado para siempre jamás. El progreso, complicándonos las cosas.
(Imagen: Henri Cartier Bresson. Calle Moufetard. París 1958)
Una lista de la compra típica, como las que me daba mi madre para el colmado de nuestra calle, podía incluir una botella de leche, dos yogures, un limpiador, medio kilo de patatas y un salchichón.
Con estos u otros encargos parecidos y con los cascos (los envases, en castizo) el angelito se dirigía a la tienda con su cesta. Volvía a su casa con los productos, el trozo de papel de estraza donde se apuntaba la cuenta y el cambio bien contado a su madre. Y fin de la historia. Sostenibilidad. Implicación familiar. Responsabilidades al nivel de cada uno. Educación en estado puro.
Lo que parecía algo útil y sencillo intentamos reproducirlo con nuestros hijos y se convierte en una intrincada misión de la cual es difícil salir plenamente victorioso.
Veamos. Primer problema: el colmado de la calle ha desaparecido. Si recurrimos al paki, al chino o similar la barrera idiomática o los gustos étnicos pueden hacer que nuestro retoño no pueda solventar con éxito todos los encargos. Segundo: tenemos un super cercano pero la lista de la compra se vuelve un mensaje críptico para nuestro pequeño/a que, desolado y lloroso, intenta descifrar delante de los lineales. Dos yogures hemos escrito pero ¿cero, con salvia, sin frío, trozos, sabor, líquido, probiótico, con cereales, griego, con bífidus, enriquecidos, con fibra, pasteurizados...? Un limpiador pero ¿neutro, multiusos, bajo en COV, ácido, líquido, en polvo, desinfectante, con/sin lejía, desodorizante, desengrasante...? Una botella de leche pero ¿cruda, certificada cruda, pasteurizada, en polvo, condensada, con soja, sin lactosa, con calcio añadido, con calcio natural, con fibra, desnatada, entera, semidesnatada, saborizada, enriquecida...? Patatas pero ¿monalisa, roja, de Prades, de Galicia, nuevas, blancas, harinosas...? Un salchichón pero ¿de ciervo, de jabalí, con pimienta negra, de Vic, ibérico, hígado de Calamocha, cular, curado...? Tercero: con lo que se ha echado en el cesto -aproximadamente y por intuición algo se habrá acertado- nuestro desconsolado hijo intenta pagar en la caja: ¿Tienes uno de veinte, tarjeta del establecimiento, lo llevas justo, la bolsa son 3 céntimos, niño, porqué pita la alarma, qué llevas ahí...?
Abrimos la puerta de casa y lo recibimos en nuestros brazos agradecidas de que aquello que trae se parezca mínimamente a lo que le pedimos y rogamos para nuestros adentros que la experiencia no lo haya traumatizado para siempre jamás. El progreso, complicándonos las cosas.
(Imagen: Henri Cartier Bresson. Calle Moufetard. París 1958)
viernes, 1 de abril de 2011
Vuelos Herodes
Acabo de oír en la tertulia de Cuatro que la compañía Ryanair ofrecerá vuelos "sin niños". Los viajeros que compren sus billetes en estos vuelos deberán pagar más por ellos pero, a cambio, viajarán en el relax y la paz que sólo proporcionan los adultos.
Me parece una buena solución para adultos sin hijos, adultos con hijos en edades no molestas y adultos con hijos en edades molestas que han podido huir de ellos por unos días.
No obstante creo que esta compañía y otras muchas que quieran seguir su ejemplo podrían realizar vuelos adaptados para las diferentes idiosincrasias de cada uno de nosotros.
Así pues alabo su propuesta y añado otras de mi propia cosecha que podrían proporcionar suculentos beneficios a las compañías aéreas y un confort adicional a los viajeros.
Allá van:
- Vuelos estéticos: excluirían a los feos, malhechos y malrematados.
- Vuelos Quasimodo: excluirían a los guapos y atractivos.
- Vuelos nudistas: como su propio nombre indica.
- Vuelos familiares: oyentes de la Cope y fans de Rouco Varela.
- Vuelos homo: parejas del mismo sexo.
- Vuelos hetero: parejas de diferente sexo.
- Vuelos Falete: gordos.
- Vuelos Olivia: flacos.
- Vuelos Dorian Gray: sin abuelos.
- Vuelos Los Pajaritos: para mayores de 65.
Y así sucesivamente.
No he puesto el evidente -hombres, mujeres- porque éste debería ser ya de obligado cumplimiento.Con la ayuda de estas medidas evitaríamos contaminarnos de actitudes diferentes, de imágenes distintas, de voces discordantes, de posturas opuestas, de seres que nos son ajenos.
Larga vida a los cerebros que siempre están ofreciendo nuevas ideas para que la Humanidad enderece su camino.
(Imagen: anibatyisrael.blogspot.com)
Me parece una buena solución para adultos sin hijos, adultos con hijos en edades no molestas y adultos con hijos en edades molestas que han podido huir de ellos por unos días.
No obstante creo que esta compañía y otras muchas que quieran seguir su ejemplo podrían realizar vuelos adaptados para las diferentes idiosincrasias de cada uno de nosotros.
Así pues alabo su propuesta y añado otras de mi propia cosecha que podrían proporcionar suculentos beneficios a las compañías aéreas y un confort adicional a los viajeros.
Allá van:
- Vuelos estéticos: excluirían a los feos, malhechos y malrematados.
- Vuelos Quasimodo: excluirían a los guapos y atractivos.
- Vuelos nudistas: como su propio nombre indica.
- Vuelos familiares: oyentes de la Cope y fans de Rouco Varela.
- Vuelos homo: parejas del mismo sexo.
- Vuelos hetero: parejas de diferente sexo.
- Vuelos Falete: gordos.
- Vuelos Olivia: flacos.
- Vuelos Dorian Gray: sin abuelos.
- Vuelos Los Pajaritos: para mayores de 65.
Y así sucesivamente.
No he puesto el evidente -hombres, mujeres- porque éste debería ser ya de obligado cumplimiento.Con la ayuda de estas medidas evitaríamos contaminarnos de actitudes diferentes, de imágenes distintas, de voces discordantes, de posturas opuestas, de seres que nos son ajenos.
Larga vida a los cerebros que siempre están ofreciendo nuevas ideas para que la Humanidad enderece su camino.
(Imagen: anibatyisrael.blogspot.com)
miércoles, 30 de marzo de 2011
El cruce del Rubicón
Del cruce del Rubicón por Julio César viene el uso de esa expresión como sinónimo de lanzarse irrevocablemente a una empresa de arriesgadas consecuencias.
Definiendo empresa como acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo; definiendo arriesgado como aventurado, peligroso, osado, imprudente y temerario; definiendo consecuencia como hecho o acontecimiento que se sigue o resulta de otro nos encontramos con la fórmula perfecta para definir el paso a ser madre como "el cruce del Rubicón personal".
De lo anteriormente expuesto se deduce que hasta llegar a ese momento una se prepara física y psicológicamente para ello. Se deduce también que es una decisión meditada y a la cual se llega después de haber usado un análisis DAFO (estudio de las debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades del sistema) cuyas conclusiones hayan resultado positivas.
Entendemos por debilidades la carencia de energía o vigor en las cualidades o resoluciones del ánimo; entendemos por amenazas los indicios de algo malo o desagradable; entendemos por fortaleza la fuerza, el vigor y la virtud que consiste en vencer el temor y huir de la temeridad; entendemos por oportunidad la sazón, la coyuntura, la conveniencia de tiempo y lugar. Y en este contexto entendemos el sistema como el núcleo familiar -reducido en el momento descrito a futuro padre y futura madre-.
Una vez efectuado dicho análisis y viéndose compensadas las debilidades y amenazas por las fortalezas y oportunidades, considerando que el sistema esté adecuadamente ensamblado en aspectos madurativos y considerando que la salud física y mental sea la adecuada se firma el acuerdo oportuno y... allá va.
Unos meses después, dependiendo según sesudos estudios de un 40% de empeño y un 60% de tino, llega el momento en que el Rubicón en forma de rotura de aguas se aparece ante nuestros ojos. Dicen que Julio César se detuvo un instante atormentado por las dudas pero ese instante ya no nos es concedido.
Dicen los que saben que las dos orillas del Rubicón representan la seguridad de la pertenencia a la tiranía y la peligrosa libertad.
Que cada una decida en qué orilla estaba antes y después.
(Imagen: confettybaby.blogspot.com)
Definiendo empresa como acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo; definiendo arriesgado como aventurado, peligroso, osado, imprudente y temerario; definiendo consecuencia como hecho o acontecimiento que se sigue o resulta de otro nos encontramos con la fórmula perfecta para definir el paso a ser madre como "el cruce del Rubicón personal".
De lo anteriormente expuesto se deduce que hasta llegar a ese momento una se prepara física y psicológicamente para ello. Se deduce también que es una decisión meditada y a la cual se llega después de haber usado un análisis DAFO (estudio de las debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades del sistema) cuyas conclusiones hayan resultado positivas.
Entendemos por debilidades la carencia de energía o vigor en las cualidades o resoluciones del ánimo; entendemos por amenazas los indicios de algo malo o desagradable; entendemos por fortaleza la fuerza, el vigor y la virtud que consiste en vencer el temor y huir de la temeridad; entendemos por oportunidad la sazón, la coyuntura, la conveniencia de tiempo y lugar. Y en este contexto entendemos el sistema como el núcleo familiar -reducido en el momento descrito a futuro padre y futura madre-.
Una vez efectuado dicho análisis y viéndose compensadas las debilidades y amenazas por las fortalezas y oportunidades, considerando que el sistema esté adecuadamente ensamblado en aspectos madurativos y considerando que la salud física y mental sea la adecuada se firma el acuerdo oportuno y... allá va.
Unos meses después, dependiendo según sesudos estudios de un 40% de empeño y un 60% de tino, llega el momento en que el Rubicón en forma de rotura de aguas se aparece ante nuestros ojos. Dicen que Julio César se detuvo un instante atormentado por las dudas pero ese instante ya no nos es concedido.
Dicen los que saben que las dos orillas del Rubicón representan la seguridad de la pertenencia a la tiranía y la peligrosa libertad.
Que cada una decida en qué orilla estaba antes y después.
(Imagen: confettybaby.blogspot.com)
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