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jueves, 15 de septiembre de 2011

Aprovecha

Aprovecha el llanto de tu hijo en la madrugada.
Camina somnolienta, apoyándote en las paredes del pasillo, con los ojos doloridos y la boca pastosa.
Cada paso que des, cada gesto que hagas sobre la cuna, cada beso dedito por dedito, cada gotita de sudor que seques en la noche, cada suspiro que te llegue de alivio y de paz... serán energías que, guardadas en el bolsillo secreto de tu corazón, irás gastando a poquitos cuando los años pasen.

Aprovecha las incursiones del hijo en tu cama cuando más cansada estás y te apetece ocuparla así que el padre ha dejado un hueco.
Rehácete, acurrúcate, deja que sus manitas toquen la piel que más les gusta, que te revuelva el pelo, que enlace sus piernas con las tuyas, que su pelo fino te haga cosquillas, que de su naricilla te llegue la respiración satisfecha... serán energías que, guardadas en el bolsillo secreto de tu corazón, irás gastando a poquitos cuando los años pasen.

Aprovecha el momento en que deja de comer y sólo sigue si tu mano le lleva la cuchara a su boca.
Hazle el avión, abre tu boca al compás de la suya, aprovecha para contarle el cuento, cantarle la canción, deja que se enfríe tu comida mientras él ríe contigo... serán energías que, guardadas en el bolsillo secreto de tu corazón, irás gastando a poquitos cuando los años pasen.

Aprovecha cuando, cómodamente sentada en el sofá, oyes su voz que te pide que vayas a bañarlo.
Ve, aunque el día te haya gastado la energía y te acerques al baño arrastrando los pies, enjabónalo, toca toda su piel, recorre los caminos que se te olvidarán, haz burbujas y pedorretas, sóplale la espuma, envuélvelo en una suave toalla y finge que se ha perdido y no lo encuentras... serán energías que, guardadas en el bolsillo secreto de tu corazón, irás gastando a poquitos cuando los años pasen.

Aprovecha chillidos y lágrimas y berrinches y preguntas. Aprovecha su olor y su tacto. Aprovecha su risa y su admiración. Aprovecha que eres la mejor madre. Aprovecha que busca tu mano, que te pide mil veces un cuento en la cama, que tenga sed y pis y caca y miedo y te busque entre la gente y se le salten las lágrimas si no estás en la puerta de la escuela cuando abren. Aprovecha que mida su mano con la tuya, que crea que lo sabes todo, que quiera casarse contigo.

Aprovecha todo lo que ahora gozas porque te alimentará en días venideros. Quizá también él, algún día, aprovechará lo que tiene guardado en su corazón sin siquiera saberlo.

(Imagen: lamujersemilla.wordpress.com)

viernes, 26 de agosto de 2011

La familia Churumbel o a quién habrá salido este niño

Para aquellos de vosotros que paséis de los cuarenta no os será desconocido el mundo de los tebeos que tantas tardes -sin play, sin ordenador, sin canales infinitos en la TV- llenó en nuestra infancia.

"La familia Churumbel" era un clásico, creado por Manuel Vázquez, que gustaba mucho en un mundo todavía políticamente incorrecto: una familia gitana hacía del hurto su modo de vida excepto el hijo mayor que se dedicaba a estudiar y trabajar para desesperación de sus padres y abuelo.
Hoy en día no podría publicarse algo así sin que se denunciara el hecho en todas las instancias oficiales y no oficiales; saldría en los telenoticias y sería objeto de repulsa -cuando menos de puertas para afuera- por parte de todos los líderes políticos. Su creador debería pedir perdón públicamente y, por supuesto, dejaría de publicarse inmediatamente. Pero el uso que se hace de los tópicos, el sentido del humor que tienen -o no tienen- los diferentes colectivos y la necesidad de ser siempre políticamente correctos es otro tema y yo voy a lo que voy.

Y a lo que voy, como siempre, es al tema de lo que se le pide a los hijos y de lo que de ellos se obtiene. Cada familia, cuando espera un hijo, crea una imagen de esa criatura que, en su inocencia, espera que se corresponda con la realidad.
Primero es una imagen física: el bebé será guapo, regordete, digno de una portada, sacará lo mejor del padre y de la madre. Cuando eso no es así hay un período de adaptación que a muchas personas les produce incluso depresión o problemas serios. He leído que  padres de niños prematuros que, por muy guapos que vayan a ser, pasan un período en el cual su aspecto es angustioso, necesitan superar una fase de decepción.
Después vienen aspectos básicos del crecimiento: ha de dormir bien, comer bien, controlar esfínteres sin problemas, andar y hablar con prontitud, etc. El baremo lo ponen los hijos ajenos o los artículos de revistas especializadas.
Llega la hora del cole y entonces ese hijo será ese niño que aprende pronto a leer y a escribir, que no tiene problemas de relación, que es educado y que trae unos informes impecables.
Y llega la adolescencia y ese hijo caminará por los caminos de la responsabilidad, tendrá presentes los consejos de sus padres, les demostrará su cariño y su rebeldía se circunscribirá a pequeñas escaramuzas dialécticas que tranquilizarán a sus padres demostrando que su hijo es un adolescente normal.
La juventud no traerá más problemas que los propios de esa edad: sabrá escoger una carrera adecuada -porque por supuesto estudiará- y se emparejará con alguien acorde a su educación y su carácter.

Y fin de la historia. Los padres llegarán tranquilos y relajados a la vejez. Repasarán los álbumes familiares y comentarán cómo sus hijos sólo les han reportado momentos de felicidad.

Pero, ay, puede que nos encontremos en la penosa situación de la familia Churumbel: ese hijo bienamado en quien hemos puesto todas nuestras ilusiones, será diferente en algún momento de su vida a como lo habíamos "diseñado". Puede que sea feo, que no duerma, que llore interminablemente, que tenga problemas para aprender, que pegue a los compañeros, que empiece a fumar, que nos chille, que se relacione con amigos que no nos gustan, que oiga música insufrible -para nuestro criterio-, que deje los estudios o los aparque, que encuentre una pareja ante la cual se nos abran las carnes... No todo ello a la vez, por caridad, pero sí algo que desdibuje esa imagen ideal que habíamos soñado desde que lo vimos en la ecografía.

Y entonces viene nuestra tarea, ardua, dura. Una tarea como la de recuperarse de una enfermedad, como la de rehabilitarse de una adicción: aceptar que los hijos no nos pertenecen, que vienen de nosotros pero no son nosotros, ni nuestros sueños, ni nuestros planes, ni nuestros objetivos. Quererlos como son, por lo que son y a pesar de lo que son.
Y mientras lo conseguimos siempre podemos pegarnos los berriches de Manuel Churumbel. Buena crianza.

(Imagen: Manuel Vázquez)

martes, 12 de julio de 2011

Lenguaje técnico. La maternidad

"No está el horno para bollos."

 "Acaba ya que el agua y el gas no los regalan."

"O acabas ya o te lo arranco (el cable de la play, malpensados)."

"¿Te has dejado la luz de la habitacióbn encendida por algo?"

"La ropa que hay en el suelo, ¿es para tirar?"

"Ya te darás cuenta cuando tengas hijos."

"Mientra estés en esta casa, harás lo que toque."

"Ni dieciocho, ni dieciocha."

"¿Qué pasa, que no tienes casa?"

"Te he dicho millones de veces que no andes descalzo."

"Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo."

"Me duele la boca de decírtelo."

"No dejéis migas que no tenemos pollos."

"¿Tú te crees que el dinero se cría en los árboles?"

"A cualquier cosa le llaman estudiar."

Y suma y sigue. No recuerdo más porque a medida que ellos entran en la adolescencia yo envejezco a marchas forzadas.


(Imagen: hwblackrose.blogspot.com)

lunes, 4 de julio de 2011

Sabiendo que jamás me he equivocado en nada, sino en las cosas que yo más quería

Tiene Luis Rosales un precioso poema titulado "Autobiografía". Un poema que yo no conocía hasta que un amigo, que coordina la revista del instituto, lo publicó en ella para conocimiento de sabios e ignorantes.

Del poema unos versos me golpearon en el pecho y son los que titulan esta entrada: "...sabiendo que jamás me he equivocada en nada, sino en las cosas que yo más quería."

Haciendo la salvedad de que yo me he equivocado en muchas cosas, cierto es que se tiene tendencia a equivocarse en aquello que más se quiere.

Porque el querer nubla el entendimiento. Hace perder la perspectiva. Impacienta, exige, desespera. El querer nos hace vacilar ante lo que el sentido común vería claro. El querer convierte en una estrella al ser querido y se pretende que brille como ninguna, que no tenga parpadeos, que no la tape una nube, que no la empañe una lágrima.

Si esto es cierto en general, más cierto es en el amor de madres a hijos. Ahí perdemos pie. Equivocarnos es el sino y el destino. Vacilar, dudar, no escarmentar en cabeza ajena, despreciar la experiencia, sentirnos desdichadas, hablar y querer recuperar las palabras, callar y querer haber dicho, luchar contra el tiempo, no ver lo evidente, ver lo que no existe...

En lo que yo más quería, en donde nunca habría una de equivocarse.

(Imagen: sobrevivire.blogspirit.com)

sábado, 18 de junio de 2011

La madre de Caperucita

Cuando yo vuelva a nacer, si vuelvo a ser madre, me pido ser la madre de Caperucita.
Esta mujer, de la cual no sabemos ni el nombre, es mi heroína, la persona que vive su  vida y halla su felicidad en saber siempre lo que hace, sin reflexiones culpables ni remordimientos.

Veamos la historia:
Tiene una madre que vive sola en un bosque, en una casa solitaria cuya puerta se abre tirando de una cuerda. Está en cama porque no se encuentra bien y ningún medio de comunicarse conocido, que sepamos, tiene a su alcance.
Tiene una hija, por la estatura con la que aparece en las ilustraciones de no más de 10 años, que no va a la escuela ni se relaciona con nadie.

Con estos mimbres el personaje de la madre de Caperucita -muy hacendosa, eso sí, porque le ha hecho la capita colorada- debería ser un alma torturada. Corriendo entre su casa y la del bosque para atender a su madre, buscando para su hija alguien que la cuidara durante su ausencia y también decidiendo qué ofrecerle para mejorar su futuro. Pobre madre, hubiera podido ser la protagonista de un cuento torturado, de gran profundidad psicológica del personaje, ocupando sus tribulaciones el centro de la historia.

Pero, ¿qué tenemos?. Una madre dedicada a sus labores cotidianas que llenan su ocio y la realizan -ahora coso un vestidito, ahora hago unos pasteles, ahora emboto miel- que recuerda que su propia madre no está muy bien y debería llevársele algo de comer. Así pues prepara una cesta: miel, vino (???Sí, en algunas versiones le envía vino, digo yo que para olvidar las penas) y un pastel. Ir ella no le va bien, quizá daban su serial favorito o una causa similar. Así que quién mejor que su hijita. Sólo debe atravesar el bosque, tener cuidado con un lobo que ronda y no salirse del camino. Cosas todas ellas al alcance de una niña de diez años bien educada. Le hace unas recomendaciones al respecto y la envía a cumplir con su misión.

El resto del cuento todos lo sabemos: se encuentra al lobo, le habla, se sale del camino, hace todo lo contrario de lo que debería y le pasa lo que le pasa.

Por mucho menos de eso la Administracion Pública le quitaría a esa madre la custodia y se la acusaría de maltrato a menores y a ascendientes a su cargo pero en este cuento no recae en ella ni la moraleja. La moraleja es para la niña: ojo, no desobedezcas a tus mayores que siempre velan por ti y saben lo que hacen. Anota los valores que te preservarán de los problemas: discreción en el trato con desconocidos y obediencia a los consejos maternos.

¡Qué gusto sería ser una madre así! Libre de culpas, de duelos y quebrantos por lo que ha sucedido o por lo que pueda suceder. Exculpada por el mundo y por una misma. Dejando que cada cual viva como pueda y siga o no los consejos sacando las consecuencias oportunas. ¡¡Me pido el personaje!!

(Imagen: jorgulio-nuube.blogspot.com)

martes, 14 de junio de 2011

¡Qué culpa tengo de quererte tanto!


En su  sensible blog Melina ha incluído un poema de Leopoldo Lugones.
Supongo que el poeta no pensaba en el amor de una madre a su hijo cuando lo escribía pero yo, sensible al tema desde siempre y en los últimos tiempos dramáticamente sensible, hago míos esos versos y digo: ¡Qué culpa tengo de quererte tanto!

Y sin embargo, culpa tengo. Soy culpable de confiar cuando no debo y desconfiar cuando no es necesario. Soy culpable de buscar sus manos y sentirme sola si ya no caben en las mías. Soy culpable de haber construído mi felicidad sobre un futuro ajeno. Soy culpable de pedir lo que yo doy. Soy culpable de ser dura y de ser tierna, de ser exigente y de ser condescendiente. Culpable de espiar, de escuchar. Culpable de no oír. Culpable de no ver. Culpable de ver demasiado. Culpable de llevar por bandera la maternidad. Culpable de querer que vean la vida con mis ojos, que sientan con mi corazón, que luchen por mis ideales. Culpable de avergonzarme por ellos cuando ellos son yo misma.

Soy culpable de no escuchar sus voces, de no valorar sus sueños, de que el cristal con el que miran me sea ajeno. Culpable de no tener paciencia, de no saber esperar que las aguas vuelvan a su cauce. Culpable de no aplicar lo que predico. Culpable soy pero ya estoy pagando: en el pecado llevo la penitencia.

Sólo he de decir en mi descargo que el amor es infinito. Pero también, como el poeta, he de decir "Y es tan hondo el dolor con que te quiero, que tengo miedo de quererte así". Que mi amor no les asfixie, que mi amor no les ahuyente, que mi amor no  les dé miedo, que mi amor no les aparte de mí.

(Imagen: Paty Cruzat "Abrazo máximo")

martes, 10 de mayo de 2011

Mamá Dalton

Me dicen, y tienen razón, que en la vida hay más temas que los relacionados con madres e hijos. Pero como yo puedo ser muy cansina si me lo propongo, allá voy con mi tema favorito.

Mamá Dalton: qué gran icono de la literatura. La matriarca de cuatro hijos, más feos que picio y más simples que el asa de un cubo (excepto el pequeño-mayor que es al que desprecia), empeñada en catapultarlos al éxito delicuencial que es para ella el destino y el futuro ideal.
Les teje con primor trajecitos de presidiario, les enseña cómo sacar el arma del refajo, les inculca el pundonor de querer ser el ladrón perfecto, les anima en la comisión de delitos sin caer en el desaliento...Pero, ay, a pesar del sueño  materno sus hijos no están hechos para ello y acumulan fracaso tras fracaso sin que Mamá Dalton ceje por ello en su empeño. Ni unos ni otra consiguen lo que quieren.

Moraleja de esta entrada: no seamos Mamás Dalton, no preparemos el futuro de nuestros hijos antes de tiempo porque su camino, sus intereses, sus sueños... puede que vayan por otros derroteros. Pero si aún así los pobres vástagos se enfrentan a mamás Dalton personales entonces el consejo es para ellos: cambia el guión, hijo. Y a tu madre que la zurzan.
(No te olvides de pinchar el enlace)

(Imagen: Morris)

sábado, 7 de mayo de 2011

Las dos de la madrugada

Las dos de la madrugada es una hora perfecta.
Para los trasnochadores, que acaban de empezar la fiesta.
Para los madrugadores, que llevan ya horas de sueño y el nuevo día se acerca a sus vidas.
Para los tristes, que se cuecen a fuego lento en su dolor.
Para los felices, que llevan a sus sueños las experiencias vividas.
Para los viejos, que conectan la radio y disfrutan con las conversaciones de solitarios.
Para los jóvenes, que disfrutan entre amigos.
La hora perfecta para los que se han rendido, a quienes nadie descubrirá hasta que sea demasiado tarde.
La hora perfecta para los vividores, que disfrutan despiertos o dormidos de lo que la vida les ofrece.

Sólo las madres sienten que las dos de la madrugada es una hora dolorosa. Cuando llevan los hijos en su vientre porque les despierta su agitación en el reposo. Cuando les dan el pecho porque los bebés consideran que es una hora ideal para vivir. Cuando están creciendo porque las pesadillas los agitan y los miedos los acechan. Cuando son jóvenes porque allá fuera ellas los ven envueltos en peligros. Siempre hay unas dos de la madrugada para sentir el peso de ser madre.

¿Cuándo volverán las dos de la madrugada a ser el nido cálido donde se fragüe el nuevo día?
 
(Imagen: todoarequipa.com)

jueves, 5 de mayo de 2011

21 gramos


21 gramos pesa el alma, dicen los rumores. 21 gramos que, a veces, nos aplastan.
Cuando los hijos son desconocidos, cuando lo que dicen y lo que hacen los convierten en extraños, cuando lo único que podemos hacer es rezar aunque haga tiempo que hemos perdido la fe, los 21 gramos nos lastran y sentimos que el vacío nos llena.
Nadie mejor que una madre desconcertada para entender que nuestra pequeña alma de 21 gramos se pueda hacer insostenible.
Aquí estamos rezando sin Dios, rezando sin fe, rezando sin esperar respuesta. Rezando para que las aguas vuelvan a su cauce. Rezando para que los abrazos llenen de nuevo nuestra vida. Rezando por él y por nosotras. Rezando para salir del dolor y volver a la armonía.

(Imagen: Madre e hijo. Gustav Klimt)

martes, 3 de mayo de 2011

La última maternidad

Tan poquita cosa 
(Abre este enlace tanto si eres madre como si no. Si lo eres, sentirás que la voz de Pasión Vega es la tuya. Si no lo eres, comprenderás por qué la maternidad no puede explicarse.
Gracias a la amiga que me descubrió esta canción.)

No sólo el primer hijo, también el último te hace diferente.
La última vez que sientes la vida dentro, la última vez 
que te descubres en otros ojos, para siempre. La última vez que acechas la respiración de un bebé, la última vez que le alimentas con tu vida. Te hace grande y te hace pequeña. Te hace poderosa y frágil. Segura y ansiosa. Tierna. Dulce.
Cierras un ciclo. El Universo se contrae hasta el tamaño de una cuna.

Vive y siente desde la piel hasta el corazón. No volverán esos momentos. Habrá otros pero esos, que ya son pasado, en el pasado viven.

(Imagen: fotografía propia. Mi niña pidiendo deseos al viento)

domingo, 1 de mayo de 2011

Receta infalible para acabar un día de la madre

Día de la madre

Por las pataditas en la barriga. Por sentir la vida crecer en mí.
Por descubrir en otros ojos un vínculo eterno.
Por la primera palabra. Por las sonrisas. Por los bracitos que se alargan desde la cuna.
Por las canciones a voz en grito en el coche. Por los dibujos. Por los besos espontáneos. Por los besos robados.
Por las broncas y las lágrimas. Por las expectativas cumplidas y por las fracasadas.
Por todo lo bueno que queda por venir. Por todo lo bueno vivido. Por lo malo que nos une. Por lo que conseguiremos juntos.
Por ayudarme a ser mejor persona, más generosa, más abierta, más flexible. Por ayudarme a dejar el tabaco, a comer verdura y a cumplir horarios.
Por la alegría de ser como son, por la esperanza de que sean como serán.
Por darme ganas de vivir incluso cuando las sombras acechan.
Porque vienen del pasado y van hacia el futuro. Porque me lo dan todo sin saberlo.
Porque son libres y son míos.

(Imagen: Forges)

miércoles, 27 de abril de 2011

Las virtudes cardinales de una madre




Quienes tuvimos que estudiar el catecismo recordamos las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Cuando las recitábamos de memoria no teníamos ni idea de lo que querían decir pero tampoco sabíamos que tendríamos oportunidad de aplicarlas cada día.

Prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar. Esta virtud aplicada a la ciencia maternal nos permite maniobrar con elegancia entre el castigo y la flexibilidad, entre el mimo y los morros, entre la mirada asesina y el perdón sin condiciones.

Justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. La virtud de la Justicia en ciencia maternal se traduce en esperar contando hasta cien antes de hacer con tus hijos lo que te pide el cuerpo, no escatimar los besos de uno en favor de otro y analizar sus razones con la importancia que ellos les conceden.

Fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. La Fortaleza en las madres es la virtud que nos sustenta en las noches de lactancia pero, sobre todo, en el tránsito por la adolescencia filial sin caer en la desesperación.

Templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. Nos ayuda en nuestra tarea materna a no esperar de nuestros hijos que sean Einstein si les gusta la ciencia, Paco de Lucía si tocan la guitarra o Naomi Campbell si se prueban modelitos. Nos controla los anhelos y modera las visiones del futuro.

¿Cómo? ¿Que no os reconocéis en esas madres modelo de Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza? Bienvenidas al club.
Por lo menos que no nos falten las virtudes teologales: Fe en que lo hacemos lo mejor que podemos, Esperanza en tiempos mejores y Caridad para con nosotras mismas. Amén.

(Imagen: fatima.org.pe)

viernes, 22 de abril de 2011

Agujeros negros o porqué Hawking no tiene misterios para una madre

"Un agujero negro es una región finita del espacio-tiempo provocada por una gran concentración de masa en su interior, con enorme aumento de la densidad, lo que genera un campo gravitatorio tal que ninguna partícula material, ni siquiera los fotones de luz, pueden escapar de dicha región." Es decir, un agujero negro es un objeto con una gravedad tan fuerte que nada puede escaparse de él, ni siquiera la luz. Todo lo que pasa por el horizonte es atrapado dentro del agujero negro.

Bueno, bueno. Habrá quien encuentre indigestas estas palabras, quien recuerde sus años de estudio de la Física con aprensión. Habrá quien no se sobreponga al desconcierto de que haya  mentes tan preclaras en el Universo que puedan hablar sin que nadie, excepto unos pocos iniciados, los entiendan. Habrá incluso quien, impelido por un extraño e inexplicable deseo de saber, se lance a las páginas de Internet para intentar desentrañar algo más de este misterio que los  científicos estudian para, posteriormente, iluminarnos.

Para estos últimos, deseosos de aprender, anhelantes de descubrir algo nuevo cada día, aporto mi granito de arena. Según mi teoría de Madre con mayúscula los agujeros negros tienen un reflejo paralelo en la vida cotidiana, son regiones finitas y delimitadas que ocupan un espacio-tiempo en el hogar (e incluso en el coche). Cuando los científicos discuten si existen o no, cuál es el más grande o el más pequeño, cómo se crean o cómo se destruyen, qué me ocurriría si me cayera dentro, cuántos hay,  si hay alguno cercano a la Tierra, si son pasadizos a otro Universo... las Madres de Familia, así, con mayúscula de nuevo, tenemos datos irrefutables sobre todas estas cuestiones.

Primero: existir, existen. Sobre esto no hay duda. A los 5 años se encuentran en los bolsillos de los pantalones de nuestro hijo. A los 8, en los bolsitos Hanna Montana de nuestra niña. A los 14, debajo del colchón. A los 17, en el estante del armario. También nos sorprenden al ubicarse en el techo de una estantería, en el rincón más escondido del cuarto de baño, en el bolsillo de un albornoz, en la mochila de diario, en la de piscina, en la de excursiones, en la de educación física...
Segundo: todos son grandes. Cómo sino acogerían piedras, calcetines, muñequitos, un labial roto, tres canicas, la primera foto erótica encontrada, el preservativo que le repartieron en el instituto en la charla de sexualidad, un cargador de móvil, un colgante, dos pañuelos usados y uno sin usar, una lima, dos pegatinas, un chicle -usado o sin usar-, una bolsa de chuches, una linterna, llaveros, tazos, cromos, un mp3 que no funciona, el aparato de ortodoncia antiguo y el nuevo, la correa del reloj, el palestino, una funda de paraguas... y así hasta el infinito.
Tercero: se empiezan a crear cuando el Predictor da positivo y no se destruyen jamás. Por la experiencia de otras madres sé que, una vez los hijos se van de casa, se llevan todo menos sus agujeros negros que, inexplicablemente, siguen creciendo con cada visita.
Cuarto: no sólo están cercanos a la Tierra sino que son consustanciales a la vida en la Tierra.
Quinto: jamás nos llevarán a otro Universo porque, por desgracia para los hijos -y aquí lanzo un órdago a los supercientíficos para que lo expliquen- lo engullen todo menos a las Madres.

De las Supernovas ya hablaremos otro día.

miércoles, 30 de marzo de 2011

El cruce del Rubicón

Del cruce del Rubicón por Julio César viene el uso de esa expresión como sinónimo de lanzarse irrevocablemente a una empresa de arriesgadas consecuencias.
Definiendo empresa como acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo; definiendo arriesgado como aventurado, peligroso, osado, imprudente y temerario; definiendo consecuencia como hecho o acontecimiento que se sigue o resulta de otro nos encontramos con la fórmula perfecta para definir el paso a ser madre como "el cruce del Rubicón personal".
De lo anteriormente expuesto se deduce que hasta llegar a ese momento una se prepara física y psicológicamente para ello. Se deduce también que es una decisión meditada y a la cual se llega después de haber usado un análisis DAFO (estudio de las debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades del sistema) cuyas conclusiones hayan resultado positivas.
Entendemos por debilidades la carencia de energía o vigor en las cualidades o resoluciones del ánimo; entendemos por amenazas los indicios de algo malo o desagradable; entendemos por fortaleza la fuerza, el vigor y la virtud que consiste en vencer el temor y huir de la temeridad; entendemos por oportunidad la sazón, la coyuntura, la conveniencia de tiempo y lugar. Y en este contexto entendemos el sistema como el núcleo familiar -reducido en el momento descrito a futuro padre y futura madre-.
Una vez efectuado dicho análisis y viéndose compensadas las debilidades y amenazas por las fortalezas y oportunidades, considerando que el sistema esté adecuadamente ensamblado en aspectos madurativos y considerando que la salud física y mental sea la adecuada se firma el acuerdo oportuno y... allá va.
Unos meses después, dependiendo según sesudos estudios de un 40% de empeño y un 60% de tino, llega el momento en que el Rubicón en forma de rotura de aguas se aparece ante nuestros ojos. Dicen que Julio César se detuvo un instante atormentado por  las dudas pero ese instante ya no nos es concedido.
Dicen los que saben que las dos orillas del Rubicón representan la seguridad de la pertenencia a la tiranía y la peligrosa libertad.
Que cada una decida en qué orilla estaba antes y después.

(Imagen: confettybaby.blogspot.com)

sábado, 26 de febrero de 2011

Marco y su madre

En un puerto italiano
al pie de las montañas
vive nuestro amigo Marco
en una humilde morada.
Se levanta muy temprano
para ayudar a su buena mamá.
Pero un día la tristeza
llega hasta su corazón.
Mamá tiene que partir
cruzando el mar
a otro país.


Hasta aquí, bien. Pero, ¿"no te vayas mamá? ¿"no te alejes de mí"? ¿Debe la literatura perder la verosimilitud hasta ese punto? ¿Podemos imaginarnos un preadolescente que va a quedarse tan ricamente liberado del yugo materno preocupado por ello? Estas licencias que se toman los autores son de dudosa utilidad para fomentar el gusto por la lectura.

Vamos a suponer que un tal Marco pueda existir. Vamos a suponer que es un chico responsable que no intenta escaquearse de las labores de apoyo a la familia. Vamos a suponer que su madre se marcha y se queda en casa con su padre (de Rodríguez, ahí es nada) y con su hermano mayor (con ingresos independientes).

¿Cuál es la continuación más adecuada de la historia? ¿Sale el chico corriendo en pos de su madre o se organiza con el resto de los varones de la casa para disfrutar su recién estrenada libertad?
¡Pues resulta que el tal Marco inicia un viaje a otro continente para que su mamá vuelva a casa!

Pero vamos a ver, Marco, alma de cántaro, ¿tú crees que con tu madre cerca podrías aceptar ayuda de desconocidos, hacerte el interrail, montar en carro, llevar siempre la misma ropa, juntarte con gente de malvivir y sobre todo, Marco, podrías ir con un asqueroso mono encima sin lavarte las manos?

(Imagen: forodefotos.com)

sábado, 19 de febrero de 2011

Según pasan los años

Nos cuesta aceptarlo pero pasan.
Jaimito escuchaba a los payasos, preguntaba incansable porqué porqué porqué, nunca salía de casa sin el muñeco descolorido, probaba a comer en el sofá, se quería levantar a las seis de la mañana los domingos, cerraba el trato de portarse bien si nos quedábamos un rato más con las visitas y podía pasarse dos semanas seguidas cenando albóndigas caseras.
Jaimito ahora escucha rap, gruñe lo que parece una respuesta sólo si es preguntado por tercera vez, nunca sale de casa sin el móvil, prueba a fumar en el sofá, se quiere acostar a las seis de la mañana los domingos, cierra el trato de portarse bien si nos vamos enseguida en las visitas y puede pasarse dos semanas seguidas cenando quebab.
Jaimito es nuestro Jaimito pero también parece ser que es el clónico del hijo del vecino, del amigo, del primo de Murcia...
Jaimito nos exaspera y no tenemos la tregua diaria porque, alguien tenía que decirlo: verlo dormir, desde que le salió el bigote, ya no es lo mismo.
Los padres y las madres nos sentamos a charlar pero ahora no es "el mío ya camina", "pues el mío tiene un vocabulario extensísimo" "pues al mío lo paran por la calle para decirle lo guapo que es". Ahora es "el mío tiene unos amigos muy raros", "pues el mío se echa la colonia al entrar en casa y no al salir", "pues el mío tiene aún hojas pegadas en los libros del curso y estamos en febrero"...
Pobres padres de Jaimito. Amén.

(Imagen: berlich@gmail.com)

jueves, 17 de febrero de 2011

Yo era mejor madre cuando no tenía hijos

He querido que mi blog se llame así porque así es como me siento en este momento de mi vida: peor madre que nunca.


Mis ositos de peluche se han convertido en ositos de peluche armados y, como francotiradores sin corazón, tiran a todo lo que se mueve.

Lo que se mueve incluye, en primer lugar, a su madre, que soy yo. Pero me siento segura porque este río turbulento lo cruzaron antes que yo millones de mujeres y salieron, con cicatrices, pero salieron.

Es rigurosamente cierto que yo era mejor madre cuando no tenía hijos: sabía cómo había que tratarlos en cada etapa de su vida; cómo superar la etapa del no, la del por qué, la del jo, y hasta la del túflipas; cómo vestirlos cuando se dejaran y cómo aconsejarlos cuando se vistieran ellos; cómo darles raíces y alas (que me parecía una frase preciosa hasta que descubrí que viene sin libro de instrucciones); cómo quererlos cuando menos lo mereciesen porque sería cuando más lo necesitaran (toma ya otra frase de toreo de salón)...

Y aquí estoy: perdiendo la paciencia, gritando hasta desgañitarme, mirándolos de arriba a abajo cuando se colocan la última prenda que compraron, acumulando rencor -poquito a poquito- contra lo que más quiero.

Yo era mejor madre cuando no tenía hijos. Esperemos que ellos no sean mejores hijos cuando ya no tengan madre.