Hace unos días me acabé esta camiseta de patchwork El motivo, una fantástica hada, enseñaba con glamour su lección en una pizarra.
Estuve unos días, mientras festoneaba las diferentes telas, pensando en cuál sería esa lección que me gustaría mostrar al lucir mi camiseta.
Y, de repente, se me encendió una lucecita. ¿Qué frase había marcado toda una época en la educación, había arruinado la ilusión de muchos por aprender y de no pocos por enseñar?: "La letra con sangre entra".
Y por eso la lección debía ser clara: "La sangre con letra entra".
Porque lo que yo quiero reivindicar, mostrar, propagar, difundir, compartir... es que es la letra -el saber, la lectura, el aprendizaje, la enseñanza,el modelaje- la que hace la sangre -hace crecer, desarrolla, hace persona, amplía la mente y los horizontes, da fuerza y valor, templanza ante el destino y consuelo ante la adversidad-.
Esta entrada está dedicada a todos aquellos. maestr@s, profesor@s, padres y madres, amig@s, consejer@s... que confían en que lo que enseñan con paciencia y amor dé sus frutos en forma de vidas mejores, más justas y más felices. A pesar de las dificultades, a pesar del desconsuelo de muchos momentos.
(Imagen: fotografia personal)
martes, 30 de agosto de 2011
viernes, 26 de agosto de 2011
La familia Churumbel o a quién habrá salido este niño
Para aquellos de vosotros que paséis de los cuarenta no os será desconocido el mundo de los tebeos que tantas tardes -sin play, sin ordenador, sin canales infinitos en la TV- llenó en nuestra infancia.
"La familia Churumbel" era un clásico, creado por Manuel Vázquez, que gustaba mucho en un mundo todavía políticamente incorrecto: una familia gitana hacía del hurto su modo de vida excepto el hijo mayor que se dedicaba a estudiar y trabajar para desesperación de sus padres y abuelo.
Hoy en día no podría publicarse algo así sin que se denunciara el hecho en todas las instancias oficiales y no oficiales; saldría en los telenoticias y sería objeto de repulsa -cuando menos de puertas para afuera- por parte de todos los líderes políticos. Su creador debería pedir perdón públicamente y, por supuesto, dejaría de publicarse inmediatamente. Pero el uso que se hace de los tópicos, el sentido del humor que tienen -o no tienen- los diferentes colectivos y la necesidad de ser siempre políticamente correctos es otro tema y yo voy a lo que voy.
Y a lo que voy, como siempre, es al tema de lo que se le pide a los hijos y de lo que de ellos se obtiene. Cada familia, cuando espera un hijo, crea una imagen de esa criatura que, en su inocencia, espera que se corresponda con la realidad.
Primero es una imagen física: el bebé será guapo, regordete, digno de una portada, sacará lo mejor del padre y de la madre. Cuando eso no es así hay un período de adaptación que a muchas personas les produce incluso depresión o problemas serios. He leído que padres de niños prematuros que, por muy guapos que vayan a ser, pasan un período en el cual su aspecto es angustioso, necesitan superar una fase de decepción.
Después vienen aspectos básicos del crecimiento: ha de dormir bien, comer bien, controlar esfínteres sin problemas, andar y hablar con prontitud, etc. El baremo lo ponen los hijos ajenos o los artículos de revistas especializadas.
Llega la hora del cole y entonces ese hijo será ese niño que aprende pronto a leer y a escribir, que no tiene problemas de relación, que es educado y que trae unos informes impecables.
Y llega la adolescencia y ese hijo caminará por los caminos de la responsabilidad, tendrá presentes los consejos de sus padres, les demostrará su cariño y su rebeldía se circunscribirá a pequeñas escaramuzas dialécticas que tranquilizarán a sus padres demostrando que su hijo es un adolescente normal.
La juventud no traerá más problemas que los propios de esa edad: sabrá escoger una carrera adecuada -porque por supuesto estudiará- y se emparejará con alguien acorde a su educación y su carácter.
Y fin de la historia. Los padres llegarán tranquilos y relajados a la vejez. Repasarán los álbumes familiares y comentarán cómo sus hijos sólo les han reportado momentos de felicidad.
Pero, ay, puede que nos encontremos en la penosa situación de la familia Churumbel: ese hijo bienamado en quien hemos puesto todas nuestras ilusiones, será diferente en algún momento de su vida a como lo habíamos "diseñado". Puede que sea feo, que no duerma, que llore interminablemente, que tenga problemas para aprender, que pegue a los compañeros, que empiece a fumar, que nos chille, que se relacione con amigos que no nos gustan, que oiga música insufrible -para nuestro criterio-, que deje los estudios o los aparque, que encuentre una pareja ante la cual se nos abran las carnes... No todo ello a la vez, por caridad, pero sí algo que desdibuje esa imagen ideal que habíamos soñado desde que lo vimos en la ecografía.
Y entonces viene nuestra tarea, ardua, dura. Una tarea como la de recuperarse de una enfermedad, como la de rehabilitarse de una adicción: aceptar que los hijos no nos pertenecen, que vienen de nosotros pero no son nosotros, ni nuestros sueños, ni nuestros planes, ni nuestros objetivos. Quererlos como son, por lo que son y a pesar de lo que son.
Y mientras lo conseguimos siempre podemos pegarnos los berriches de Manuel Churumbel. Buena crianza.
(Imagen: Manuel Vázquez)
"La familia Churumbel" era un clásico, creado por Manuel Vázquez, que gustaba mucho en un mundo todavía políticamente incorrecto: una familia gitana hacía del hurto su modo de vida excepto el hijo mayor que se dedicaba a estudiar y trabajar para desesperación de sus padres y abuelo.
Hoy en día no podría publicarse algo así sin que se denunciara el hecho en todas las instancias oficiales y no oficiales; saldría en los telenoticias y sería objeto de repulsa -cuando menos de puertas para afuera- por parte de todos los líderes políticos. Su creador debería pedir perdón públicamente y, por supuesto, dejaría de publicarse inmediatamente. Pero el uso que se hace de los tópicos, el sentido del humor que tienen -o no tienen- los diferentes colectivos y la necesidad de ser siempre políticamente correctos es otro tema y yo voy a lo que voy.
Y a lo que voy, como siempre, es al tema de lo que se le pide a los hijos y de lo que de ellos se obtiene. Cada familia, cuando espera un hijo, crea una imagen de esa criatura que, en su inocencia, espera que se corresponda con la realidad.
Primero es una imagen física: el bebé será guapo, regordete, digno de una portada, sacará lo mejor del padre y de la madre. Cuando eso no es así hay un período de adaptación que a muchas personas les produce incluso depresión o problemas serios. He leído que padres de niños prematuros que, por muy guapos que vayan a ser, pasan un período en el cual su aspecto es angustioso, necesitan superar una fase de decepción.
Después vienen aspectos básicos del crecimiento: ha de dormir bien, comer bien, controlar esfínteres sin problemas, andar y hablar con prontitud, etc. El baremo lo ponen los hijos ajenos o los artículos de revistas especializadas.
Llega la hora del cole y entonces ese hijo será ese niño que aprende pronto a leer y a escribir, que no tiene problemas de relación, que es educado y que trae unos informes impecables.
Y llega la adolescencia y ese hijo caminará por los caminos de la responsabilidad, tendrá presentes los consejos de sus padres, les demostrará su cariño y su rebeldía se circunscribirá a pequeñas escaramuzas dialécticas que tranquilizarán a sus padres demostrando que su hijo es un adolescente normal.
La juventud no traerá más problemas que los propios de esa edad: sabrá escoger una carrera adecuada -porque por supuesto estudiará- y se emparejará con alguien acorde a su educación y su carácter.
Y fin de la historia. Los padres llegarán tranquilos y relajados a la vejez. Repasarán los álbumes familiares y comentarán cómo sus hijos sólo les han reportado momentos de felicidad.
Pero, ay, puede que nos encontremos en la penosa situación de la familia Churumbel: ese hijo bienamado en quien hemos puesto todas nuestras ilusiones, será diferente en algún momento de su vida a como lo habíamos "diseñado". Puede que sea feo, que no duerma, que llore interminablemente, que tenga problemas para aprender, que pegue a los compañeros, que empiece a fumar, que nos chille, que se relacione con amigos que no nos gustan, que oiga música insufrible -para nuestro criterio-, que deje los estudios o los aparque, que encuentre una pareja ante la cual se nos abran las carnes... No todo ello a la vez, por caridad, pero sí algo que desdibuje esa imagen ideal que habíamos soñado desde que lo vimos en la ecografía.
Y entonces viene nuestra tarea, ardua, dura. Una tarea como la de recuperarse de una enfermedad, como la de rehabilitarse de una adicción: aceptar que los hijos no nos pertenecen, que vienen de nosotros pero no son nosotros, ni nuestros sueños, ni nuestros planes, ni nuestros objetivos. Quererlos como son, por lo que son y a pesar de lo que son.
Y mientras lo conseguimos siempre podemos pegarnos los berriches de Manuel Churumbel. Buena crianza.
(Imagen: Manuel Vázquez)
jueves, 18 de agosto de 2011
De mi pasado vengo (VI)
Los veranos son azules. Para los niños los veranos siempre son azules.
Ni cruceros de lujo, ni complejos resort todo incluído, ni yates ni playas recónditas.
Un pueblo abandonado a la fuerza, Susqueda, de donde la gente tuvo que salir y dejar sus casas, sus tierras, sus vidas. Una desgracia que es una alegría para un puñado de niños que viven un verano inolvidable.
La más pequeña de la foto, con mini vestido, enseñando las braguitas como tocaba en aquella época, soy yo. Mi tío José me coge por los hombros. A mi alrededor mis primos, un tío lejano y un chaval que no recuerdo.
Mi tíos trabajaban en la construcción del embalse y, mientras, vivían en una de las casas vacías del pueblo.
Allá fuimos mis padres y yo a pasar unas semanas de agosto. Correteando entre las hierbas, viendo los ágiles alacranes esconderse bajo las piedras, yendo a buscar agua a la fuente, contemplando extrañada a la única mujer que se resistía a dejar lo suyo y que quería ser sepultada por el agua... qué pequeñas y qué grandes eran las cosas cuando se tenían los ojos inocentes.Calor y chicharras. Libertad y compañía. La felicidad en estado puro. Noches de confidencias apenas entendidas desde mi corta edad. Días de aventuras. Ni pasado ni futuro: el presente en estado puro que da las más grandes satisfacciones.
Homenaje a un verano azul lejos del Sur que tantos veranos azules me dio.
¿Quién recuerda más veranos de puro placer?
(Imagen: fotografía familiar. Verano del 66)
Ni cruceros de lujo, ni complejos resort todo incluído, ni yates ni playas recónditas.
Un pueblo abandonado a la fuerza, Susqueda, de donde la gente tuvo que salir y dejar sus casas, sus tierras, sus vidas. Una desgracia que es una alegría para un puñado de niños que viven un verano inolvidable.
La más pequeña de la foto, con mini vestido, enseñando las braguitas como tocaba en aquella época, soy yo. Mi tío José me coge por los hombros. A mi alrededor mis primos, un tío lejano y un chaval que no recuerdo.
Mi tíos trabajaban en la construcción del embalse y, mientras, vivían en una de las casas vacías del pueblo.
Allá fuimos mis padres y yo a pasar unas semanas de agosto. Correteando entre las hierbas, viendo los ágiles alacranes esconderse bajo las piedras, yendo a buscar agua a la fuente, contemplando extrañada a la única mujer que se resistía a dejar lo suyo y que quería ser sepultada por el agua... qué pequeñas y qué grandes eran las cosas cuando se tenían los ojos inocentes.Calor y chicharras. Libertad y compañía. La felicidad en estado puro. Noches de confidencias apenas entendidas desde mi corta edad. Días de aventuras. Ni pasado ni futuro: el presente en estado puro que da las más grandes satisfacciones.
Homenaje a un verano azul lejos del Sur que tantos veranos azules me dio.
¿Quién recuerda más veranos de puro placer?
(Imagen: fotografía familiar. Verano del 66)
martes, 9 de agosto de 2011
Cosas que hacen verano
El olor de los higos.
Las largas siestas.
El canto de las chicharras.
Los polos de hielo.
Los "me alegro verte".
El aire de un ventilador.
Los "cacharritos" de la feria.
Las canciones machaconas.
El reloj en el cajón.
Los olivares infinitos.
Los acentos olvidados.
Las sombras diminutas.
Los reencuentros.
Volver a ver las estrellas.
El chorro de una fuente.
Los besos de pueblo.
La pereza sin culpabilidad.
El calor envolvente.
La vida sin Internet.
(Imagen: articulos.infojardin.com)
Las largas siestas.
El canto de las chicharras.
Los polos de hielo.
Los "me alegro verte".
El aire de un ventilador.
Los "cacharritos" de la feria.
Las canciones machaconas.
El reloj en el cajón.
Los olivares infinitos.
Los acentos olvidados.
Las sombras diminutas.
Los reencuentros.
Volver a ver las estrellas.
El chorro de una fuente.
Los besos de pueblo.
La pereza sin culpabilidad.
El calor envolvente.
La vida sin Internet.
(Imagen: articulos.infojardin.com)
sábado, 30 de julio de 2011
Canto a la vida
Decía un personaje de Woody Allen que cuando escuchaba música de Wagner le entraban ganas de invadir Polonia.
Cuando yo veo este verano algunos anuncios me entran ganas de beber cerveza. Y eso que no me gusta.
Los publicistas -genios de nuestros tiempos- se han puesto de acuerdo y han hecho sus creaciones más brillantes en tres anuncios de esta bebida.
Veamos.
En el primero, de San Miguel, un joven dinámico y vital recorre el mundo con energía. Entra en el metro en Moscú y sale en Estambul; coge la bici en Barcelona y la deja en Berlín; camina entre ríos soviéticos y madrileños... Ciudadanos de un lugar llamado mundo tramando un plan para ser mejores. La posibilidad de valorar más lo que une que lo que separa a la humanidad.
En el segundo, de Estrella Damm, un joven consigue un sueño y a pesar de las dificultades y las inseguridades que lo acechan va abriéndose camino y creciendo. Todo ello en un ambiente de vida gratificante, de placeres sencillos recuperados. Y el genio culinario rindiéndose a lo elemental.
En el tercero -mi favorito- de Cruzcampo, aparece la reivindicación del Sur como espacio de felicidad, de relajación, de oxigenación frente a la responsabilidad y el trabajo, frente al agobio cotidiano. El Sur como la amistad, la vitalidad, la bocanada necesaria antes de zambullirnos de nuevo en el vértigo de la vida.
No me gusta la cerveza, no tengo la edad que se ensalza, me dan pereza los viajes, no sé cocinar... ¿Por qué pues me han dejado tan fascinada estos anuncios? Pues porque son un canto a la vida, ensalzan los pequeños placeres, el optimismo, la posibilidad de ser feliz, la alegría cotidiana, los valores que pueden mejorar el mundo en que vivimos... Están lejos de esa reivindicación de lo duro, de la estética por encima de la ética, de la juventud oscurecida por anhelos que, para la mayoría, serán deseos imposibles.
Bienvenida la publicidad en estos términos aunque su objetivo no se vea cumplido: yo sigo sin beber cerveza.
(Imagen: albertoschwartz.blogspot.com)
Cuando yo veo este verano algunos anuncios me entran ganas de beber cerveza. Y eso que no me gusta.
Los publicistas -genios de nuestros tiempos- se han puesto de acuerdo y han hecho sus creaciones más brillantes en tres anuncios de esta bebida.
Veamos.
En el primero, de San Miguel, un joven dinámico y vital recorre el mundo con energía. Entra en el metro en Moscú y sale en Estambul; coge la bici en Barcelona y la deja en Berlín; camina entre ríos soviéticos y madrileños... Ciudadanos de un lugar llamado mundo tramando un plan para ser mejores. La posibilidad de valorar más lo que une que lo que separa a la humanidad.
En el segundo, de Estrella Damm, un joven consigue un sueño y a pesar de las dificultades y las inseguridades que lo acechan va abriéndose camino y creciendo. Todo ello en un ambiente de vida gratificante, de placeres sencillos recuperados. Y el genio culinario rindiéndose a lo elemental.
En el tercero -mi favorito- de Cruzcampo, aparece la reivindicación del Sur como espacio de felicidad, de relajación, de oxigenación frente a la responsabilidad y el trabajo, frente al agobio cotidiano. El Sur como la amistad, la vitalidad, la bocanada necesaria antes de zambullirnos de nuevo en el vértigo de la vida.
No me gusta la cerveza, no tengo la edad que se ensalza, me dan pereza los viajes, no sé cocinar... ¿Por qué pues me han dejado tan fascinada estos anuncios? Pues porque son un canto a la vida, ensalzan los pequeños placeres, el optimismo, la posibilidad de ser feliz, la alegría cotidiana, los valores que pueden mejorar el mundo en que vivimos... Están lejos de esa reivindicación de lo duro, de la estética por encima de la ética, de la juventud oscurecida por anhelos que, para la mayoría, serán deseos imposibles.
Bienvenida la publicidad en estos términos aunque su objetivo no se vea cumplido: yo sigo sin beber cerveza.
(Imagen: albertoschwartz.blogspot.com)
lunes, 25 de julio de 2011
Mini-felicidades a 0 euros
Una cama recién hecha.
La ducha a la temperatura justa.
Pintarme las uñas de los pies a juego con mi niña.
Oir el mar.
Beber agua fresca.
Tomar sopa caliente.
Un abrazo a tiempo.
Un beso espontáneo.
Bajarse un poco el biquini y ver la rayita del bronceado incipiente.
Recibir una postal.
Recordar una canción de la infancia.
Dormir la siesta.
Oler a colonia fresca.
No tener que madrugar.
Sentarse al fresco en las noches de verano.
Irte a dormir con todos los hijos en sus camas.
Verte en una lista de aprobados.
Coser algo bonito.
Leer un libro bien escrito.
Cantar en el coche a voz en grito.
Secarte el pelo y que te quede bien.
Recibir un cumplido sincero.
Ver la cocina reluciente.
Encontrar algo que habías perdido hace tiempo.
Comer con hambre.
Quitarte los tacones al llegar a casa.
Ver la lluvia sin tener que mojarse.
Despertarte y ver que todavía puedes dormir una horita más.
Creer que es domingo y que sea sábado.
¿Y vuestras mini-felicidades?
(Imagen: ideasmx.com.mx)
La ducha a la temperatura justa.
Pintarme las uñas de los pies a juego con mi niña.
Oir el mar.
Beber agua fresca.
Tomar sopa caliente.
Un abrazo a tiempo.
Un beso espontáneo.
Bajarse un poco el biquini y ver la rayita del bronceado incipiente.
Recibir una postal.
Recordar una canción de la infancia.
Dormir la siesta.
Oler a colonia fresca.
No tener que madrugar.
Sentarse al fresco en las noches de verano.
Irte a dormir con todos los hijos en sus camas.
Verte en una lista de aprobados.
Coser algo bonito.
Leer un libro bien escrito.
Cantar en el coche a voz en grito.
Secarte el pelo y que te quede bien.
Recibir un cumplido sincero.
Ver la cocina reluciente.
Encontrar algo que habías perdido hace tiempo.
Comer con hambre.
Quitarte los tacones al llegar a casa.
Ver la lluvia sin tener que mojarse.
Despertarte y ver que todavía puedes dormir una horita más.
Creer que es domingo y que sea sábado.
¿Y vuestras mini-felicidades?
(Imagen: ideasmx.com.mx)
viernes, 22 de julio de 2011
El derecho a ser infeliz
Los que vivimos una época de infelicidad personal debemos cargar además con las miradas de reproche de los demás.
Porque ser infeliz, sentirse triste, estar desanimado, no está de moda y, además, es culpa nuestra.
Tenemos en nuestras manos, parece ser, la capacidad de ser feliz, el deber de ser optimistas, la obligación de hacer cestos con los mimbres que nos toquen y si no lo logramos, es porque no queremos.
Como teoría está bien: sirve fundamentalmente para hacerse millonario con un boom de autoayuda o sirve para escribir canciones de verano.
Pero no sirve para nosotros cuando estamos tan heridos que sólo necesitamos que nos digan teentiendotecomprendosecomotesientestieneslarazonlloratranquilapuedequepaseperoahoraduelecuéntamelo.
Ser infeliz es un derecho. Debemos decirlo en voz alta. Ser visibles, como los indignados, aunque nada consigamos con ello. Arriesgarnos a que la gente se aleje de nosotros, a que nadie quiera escucharnos si no hay un diván y 100 euros de por medio. Arriesgarnos a que nos consideren tóxicos, a que aburramos, a que se pregunten "qué querrá esa" o, peor aún, "qué más querrá".
Basta ya de esconder el dolor. No queremos dar pena: lloramos desde el orgullo de sabernos humanos. Desde el orgullo de vivir la tristeza. Desde el orgullo de las lágrimas sinceras y las penas, que nos tienen rodeados.
(Imagen: "El grito" Munch)
Porque ser infeliz, sentirse triste, estar desanimado, no está de moda y, además, es culpa nuestra.
Tenemos en nuestras manos, parece ser, la capacidad de ser feliz, el deber de ser optimistas, la obligación de hacer cestos con los mimbres que nos toquen y si no lo logramos, es porque no queremos.
Como teoría está bien: sirve fundamentalmente para hacerse millonario con un boom de autoayuda o sirve para escribir canciones de verano.
Pero no sirve para nosotros cuando estamos tan heridos que sólo necesitamos que nos digan teentiendotecomprendosecomotesientestieneslarazonlloratranquilapuedequepaseperoahoraduelecuéntamelo.
Ser infeliz es un derecho. Debemos decirlo en voz alta. Ser visibles, como los indignados, aunque nada consigamos con ello. Arriesgarnos a que la gente se aleje de nosotros, a que nadie quiera escucharnos si no hay un diván y 100 euros de por medio. Arriesgarnos a que nos consideren tóxicos, a que aburramos, a que se pregunten "qué querrá esa" o, peor aún, "qué más querrá".
Basta ya de esconder el dolor. No queremos dar pena: lloramos desde el orgullo de sabernos humanos. Desde el orgullo de vivir la tristeza. Desde el orgullo de las lágrimas sinceras y las penas, que nos tienen rodeados.
(Imagen: "El grito" Munch)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



