Cuando yo vuelva a nacer, si vuelvo a ser madre, me pido ser la madre de Caperucita.
Esta mujer, de la cual no sabemos ni el nombre, es mi heroína, la persona que vive su vida y halla su felicidad en saber siempre lo que hace, sin reflexiones culpables ni remordimientos.
Veamos la historia:
Tiene una madre que vive sola en un bosque, en una casa solitaria cuya puerta se abre tirando de una cuerda. Está en cama porque no se encuentra bien y ningún medio de comunicarse conocido, que sepamos, tiene a su alcance.
Tiene una hija, por la estatura con la que aparece en las ilustraciones de no más de 10 años, que no va a la escuela ni se relaciona con nadie.
Con estos mimbres el personaje de la madre de Caperucita -muy hacendosa, eso sí, porque le ha hecho la capita colorada- debería ser un alma torturada. Corriendo entre su casa y la del bosque para atender a su madre, buscando para su hija alguien que la cuidara durante su ausencia y también decidiendo qué ofrecerle para mejorar su futuro. Pobre madre, hubiera podido ser la protagonista de un cuento torturado, de gran profundidad psicológica del personaje, ocupando sus tribulaciones el centro de la historia.
Pero, ¿qué tenemos?. Una madre dedicada a sus labores cotidianas que llenan su ocio y la realizan -ahora coso un vestidito, ahora hago unos pasteles, ahora emboto miel- que recuerda que su propia madre no está muy bien y debería llevársele algo de comer. Así pues prepara una cesta: miel, vino (???Sí, en algunas versiones le envía vino, digo yo que para olvidar las penas) y un pastel. Ir ella no le va bien, quizá daban su serial favorito o una causa similar. Así que quién mejor que su hijita. Sólo debe atravesar el bosque, tener cuidado con un lobo que ronda y no salirse del camino. Cosas todas ellas al alcance de una niña de diez años bien educada. Le hace unas recomendaciones al respecto y la envía a cumplir con su misión.
El resto del cuento todos lo sabemos: se encuentra al lobo, le habla, se sale del camino, hace todo lo contrario de lo que debería y le pasa lo que le pasa.
Por mucho menos de eso la Administracion Pública le quitaría a esa madre la custodia y se la acusaría de maltrato a menores y a ascendientes a su cargo pero en este cuento no recae en ella ni la moraleja. La moraleja es para la niña: ojo, no desobedezcas a tus mayores que siempre velan por ti y saben lo que hacen. Anota los valores que te preservarán de los problemas: discreción en el trato con desconocidos y obediencia a los consejos maternos.
¡Qué gusto sería ser una madre así! Libre de culpas, de duelos y quebrantos por lo que ha sucedido o por lo que pueda suceder. Exculpada por el mundo y por una misma. Dejando que cada cual viva como pueda y siga o no los consejos sacando las consecuencias oportunas. ¡¡Me pido el personaje!!
(Imagen: jorgulio-nuube.blogspot.com)
sábado, 18 de junio de 2011
jueves, 16 de junio de 2011
De mi pasado vengo (III)
En esta fotografía están mis abuelos maternos, mi tío, mi madre y mi tía. Falta la más pequeña, que nacería unos años después.
Está hecha a principios de los 40: quizá era la primavera de 1941 ó 42.
Mi tío y mi madre se llevaban unos 20 meses. La diferencia de edad entre mi madre y mi tía era de más de cuatro años. En esos años que las separan habían nacido otras dos criaturas que murieron en el intervalo de pocas semanas: Silverio, con algo más de dos años y Francisco, de unos pocos meses. A los dos se los llevó el sarampión que entonces hacía estragos, como tantas otras enfermedades infantiles. Los primeros años eran críticos y si los niños los superaban había otro trance que pasar: la primera juventud, en la cual la tuberculosis les rondaba y se llevaba a muchos de ellos.
Mi abuela fue una madre con suerte: sólo perdió dos hijos. Vecinas y amigas perdieron tres, cuatro, seis... Los hijos te los daba Dios y Dios te los quitaba. Perderlos era algo tan natural como parirlos. Se morían y a ello todo el mundo estaba acostumbrado: "Angelitos al cielo y ropita al arca". Los angelitos volvían al lugar de donde habían venido y la ropa se guardaba porque al año siguiente seguramente se habría de volver a usar. Se les velaba, se les lloraba, se les enterraba y se les olvidaba. A veces, se aprovechaba su nombre para otro que nacía después. De los que hubieran sido mis tíos no queda ni siquiera una fotografía. Fotografiarse era un acontecimiento para el cual había que prepararse con tiempo.
Cuando pensamos en el desgarro que debe producir la muerte de un hijo nos sorprenden estas historias tan cercanas a nosotros. Cuando los hijos se han convertido en el centro de atención, cuando absorben tu pasado, tu presente y hasta tu futuro, cuando sus cambios y vaivenes determinan la felicidad propia, se nos hace difícil comprender cómo no hace tanto tiempo eran una parte de la vida que venía con naturalidad -si no venían se podían criar los sobrinos, los ahijados... que para eso había muchos en casi todas las famlias-, se criaba con naturalidad y si se iban la vida seguía porque ni eran el centro ni podían serlo. Se esperaba de ellos que crecieran con lo que había -lo mismo que sus padres habían tenido-, que ayudaran en cuanto tuvieran edad -que era muy pronto- y que cuidaran a sus padres en la vejez..
Así era la vida y de ella venimos. Sin olvidarnos de que así sigue siendo todavía en sitios no tan lejanos.
(Imagen: fotografía familiar. Principios de los años 40 del siglo pasado)
Está hecha a principios de los 40: quizá era la primavera de 1941 ó 42.
Mi tío y mi madre se llevaban unos 20 meses. La diferencia de edad entre mi madre y mi tía era de más de cuatro años. En esos años que las separan habían nacido otras dos criaturas que murieron en el intervalo de pocas semanas: Silverio, con algo más de dos años y Francisco, de unos pocos meses. A los dos se los llevó el sarampión que entonces hacía estragos, como tantas otras enfermedades infantiles. Los primeros años eran críticos y si los niños los superaban había otro trance que pasar: la primera juventud, en la cual la tuberculosis les rondaba y se llevaba a muchos de ellos.
Mi abuela fue una madre con suerte: sólo perdió dos hijos. Vecinas y amigas perdieron tres, cuatro, seis... Los hijos te los daba Dios y Dios te los quitaba. Perderlos era algo tan natural como parirlos. Se morían y a ello todo el mundo estaba acostumbrado: "Angelitos al cielo y ropita al arca". Los angelitos volvían al lugar de donde habían venido y la ropa se guardaba porque al año siguiente seguramente se habría de volver a usar. Se les velaba, se les lloraba, se les enterraba y se les olvidaba. A veces, se aprovechaba su nombre para otro que nacía después. De los que hubieran sido mis tíos no queda ni siquiera una fotografía. Fotografiarse era un acontecimiento para el cual había que prepararse con tiempo.
Cuando pensamos en el desgarro que debe producir la muerte de un hijo nos sorprenden estas historias tan cercanas a nosotros. Cuando los hijos se han convertido en el centro de atención, cuando absorben tu pasado, tu presente y hasta tu futuro, cuando sus cambios y vaivenes determinan la felicidad propia, se nos hace difícil comprender cómo no hace tanto tiempo eran una parte de la vida que venía con naturalidad -si no venían se podían criar los sobrinos, los ahijados... que para eso había muchos en casi todas las famlias-, se criaba con naturalidad y si se iban la vida seguía porque ni eran el centro ni podían serlo. Se esperaba de ellos que crecieran con lo que había -lo mismo que sus padres habían tenido-, que ayudaran en cuanto tuvieran edad -que era muy pronto- y que cuidaran a sus padres en la vejez..
Así era la vida y de ella venimos. Sin olvidarnos de que así sigue siendo todavía en sitios no tan lejanos.
(Imagen: fotografía familiar. Principios de los años 40 del siglo pasado)
miércoles, 15 de junio de 2011
De una pieza
Dice la Real Academia Española de la Lengua que ser alguien de una pieza es ser alguien íntegro, sin dobleces.
Ser de una pieza se considera una virtud, una cualidad, una condición que nos hace mejores personas y que nos ayuda en nuestro caminar por la vida.
Y sin embargo, nos examinamos y quien más quien menos se ve los encajes, las fisuras, las grietas, las muescas, lo que sea que une las diferentes personas que somos, en el tiempo y en el espacio.
¿Qué tendríamos en común con la chica que fuimos a los veinte años? ¿Cuántas veces dijimos yo jamás... yo nunca... yo en la vida... y ahora deberíamos tragarnos nuestras palabras -en el caso de que podamos incluso recordarlas-? ¿En qué nos reconocemos en las opiniones sostenidas, en las discusiones entabladas, en las actitudes enarboladas hace años? ¿Somos esa alegre y divertida compañera a la hora del aperitivo o somos esa madre desesperada que pierde los nervios? ¿Somos la amiga que consuela o la conductora que se exalta? ¿Somos la consejera prudente o la persona desbordada por las circunstancias? ¿Somos la niña llena de ilusiones o somos quien llora por los sueños perdidos? ¿Somos quien fuimos, quien somos, quien seremos?
No soy de una pieza ni podré serlo. Acepto mis contradicciones y mis caras diferentes. Me hacen humana y me hacen fuerte. O no, pero así es. Hoy digo blanco, siento blanco y mañana puedo decir negro porque todo cambia. Así lo canta la gran Mercedes Sosa y así lo siento: Todo cambia.
Ahora sólo me queda aceptar que mis hijos también cambian y que hay que sentarse a esperar que el fruto de los cambios sea para bien.
(Imagen: shop.alifemoreinteresting.com)
Ser de una pieza se considera una virtud, una cualidad, una condición que nos hace mejores personas y que nos ayuda en nuestro caminar por la vida.
Y sin embargo, nos examinamos y quien más quien menos se ve los encajes, las fisuras, las grietas, las muescas, lo que sea que une las diferentes personas que somos, en el tiempo y en el espacio.
¿Qué tendríamos en común con la chica que fuimos a los veinte años? ¿Cuántas veces dijimos yo jamás... yo nunca... yo en la vida... y ahora deberíamos tragarnos nuestras palabras -en el caso de que podamos incluso recordarlas-? ¿En qué nos reconocemos en las opiniones sostenidas, en las discusiones entabladas, en las actitudes enarboladas hace años? ¿Somos esa alegre y divertida compañera a la hora del aperitivo o somos esa madre desesperada que pierde los nervios? ¿Somos la amiga que consuela o la conductora que se exalta? ¿Somos la consejera prudente o la persona desbordada por las circunstancias? ¿Somos la niña llena de ilusiones o somos quien llora por los sueños perdidos? ¿Somos quien fuimos, quien somos, quien seremos?
No soy de una pieza ni podré serlo. Acepto mis contradicciones y mis caras diferentes. Me hacen humana y me hacen fuerte. O no, pero así es. Hoy digo blanco, siento blanco y mañana puedo decir negro porque todo cambia. Así lo canta la gran Mercedes Sosa y así lo siento: Todo cambia.
Ahora sólo me queda aceptar que mis hijos también cambian y que hay que sentarse a esperar que el fruto de los cambios sea para bien.
(Imagen: shop.alifemoreinteresting.com)
martes, 14 de junio de 2011
¡Qué culpa tengo de quererte tanto!
En su sensible blog Melina ha incluído un poema de Leopoldo Lugones.
Supongo que el poeta no pensaba en el amor de una madre a su hijo cuando lo escribía pero yo, sensible al tema desde siempre y en los últimos tiempos dramáticamente sensible, hago míos esos versos y digo: ¡Qué culpa tengo de quererte tanto!
Y sin embargo, culpa tengo. Soy culpable de confiar cuando no debo y desconfiar cuando no es necesario. Soy culpable de buscar sus manos y sentirme sola si ya no caben en las mías. Soy culpable de haber construído mi felicidad sobre un futuro ajeno. Soy culpable de pedir lo que yo doy. Soy culpable de ser dura y de ser tierna, de ser exigente y de ser condescendiente. Culpable de espiar, de escuchar. Culpable de no oír. Culpable de no ver. Culpable de ver demasiado. Culpable de llevar por bandera la maternidad. Culpable de querer que vean la vida con mis ojos, que sientan con mi corazón, que luchen por mis ideales. Culpable de avergonzarme por ellos cuando ellos son yo misma.
Soy culpable de no escuchar sus voces, de no valorar sus sueños, de que el cristal con el que miran me sea ajeno. Culpable de no tener paciencia, de no saber esperar que las aguas vuelvan a su cauce. Culpable de no aplicar lo que predico. Culpable soy pero ya estoy pagando: en el pecado llevo la penitencia.
Sólo he de decir en mi descargo que el amor es infinito. Pero también, como el poeta, he de decir "Y es tan hondo el dolor con que te quiero, que tengo miedo de quererte así". Que mi amor no les asfixie, que mi amor no les ahuyente, que mi amor no les dé miedo, que mi amor no les aparte de mí.
(Imagen: Paty Cruzat "Abrazo máximo")
lunes, 13 de junio de 2011
La mano que sostiene, el pecho que cobija
Acabo de llegar de un funeral. Hace unos días murió una persona conocida, la hermana de un tío político y, como es costumbre en nuestro país y en la religión en que nos bautizaron, al cabo de unas semanas se le hace un funeral.
Las personas que no pudieron asistir al entierro o aquellas más cercanas que quieren reiterar su acompañamiento a los dolientes -habría que hacer una entrada sólo para comentar esas bonitas palabras que repetimos sin darnos cuenta de su peso- asisten a esa misa donde se nombra al difunto y se ruega que sea acogido en el cielo, prometido desde el bautizo.
Las palabras que dicen los sacerdotes en esos casos son terriblemente vacías: poco pueden consolar a quien está sufriendo y parecen dichas para que uno se alegre por lo ocurrido y esté deseando morirse porque lo que le espera es maravilloso y alejado del sufrimiento que nos rodea. No son sensibles a los diversos grados de fe que tienen los que asisten ni a si las circunstancias de la muerte les han hecho perder la confianza y tambalear las creencias que les inculcaron.
Sin embargo, por sorpresa, hay cosas que todavía conmueven: la luz de las iglesias o su penumbra, la entrega que se ve en gente o muy joven o muy vieja, la austeridad o el barroquismo, las velas, la liturgia repetida en tantas voces... y las letras de algunos himnos que, de repente, te dan ganas de creer por encima de todo. De volver a pensar que alguien vela por ti -la mano que sostiene, el pecho que cobija- sin pedirte nada a cambio. Que alguien te quiere por encima de todo y nunca te abandonará. Que alguien te espera para perdonarte todo lo malo y premiarte todo lo bueno. Alguien que no va a fallarte ni queriendo, ni sin querer.
Luego sales de allí y recuerdas los dolores -propios y ajenos-, las cosas pedidas y nunca concedidas, los desgarros que se te han ido acumulando, las desgracias que la humanidad acumula y sientes que el argumento era bonito pero poco creíble. Lástima.
(Imagen: pensamientograduacion.blogspot.com)
Las personas que no pudieron asistir al entierro o aquellas más cercanas que quieren reiterar su acompañamiento a los dolientes -habría que hacer una entrada sólo para comentar esas bonitas palabras que repetimos sin darnos cuenta de su peso- asisten a esa misa donde se nombra al difunto y se ruega que sea acogido en el cielo, prometido desde el bautizo.
Las palabras que dicen los sacerdotes en esos casos son terriblemente vacías: poco pueden consolar a quien está sufriendo y parecen dichas para que uno se alegre por lo ocurrido y esté deseando morirse porque lo que le espera es maravilloso y alejado del sufrimiento que nos rodea. No son sensibles a los diversos grados de fe que tienen los que asisten ni a si las circunstancias de la muerte les han hecho perder la confianza y tambalear las creencias que les inculcaron.
Sin embargo, por sorpresa, hay cosas que todavía conmueven: la luz de las iglesias o su penumbra, la entrega que se ve en gente o muy joven o muy vieja, la austeridad o el barroquismo, las velas, la liturgia repetida en tantas voces... y las letras de algunos himnos que, de repente, te dan ganas de creer por encima de todo. De volver a pensar que alguien vela por ti -la mano que sostiene, el pecho que cobija- sin pedirte nada a cambio. Que alguien te quiere por encima de todo y nunca te abandonará. Que alguien te espera para perdonarte todo lo malo y premiarte todo lo bueno. Alguien que no va a fallarte ni queriendo, ni sin querer.
Luego sales de allí y recuerdas los dolores -propios y ajenos-, las cosas pedidas y nunca concedidas, los desgarros que se te han ido acumulando, las desgracias que la humanidad acumula y sientes que el argumento era bonito pero poco creíble. Lástima.
(Imagen: pensamientograduacion.blogspot.com)
viernes, 10 de junio de 2011
Por saber
¿Cuánta energía se gasta en un abrazo? ¿Cuánta se recibe? ¿Es una ernergía renovable?¿Por qué le llaman memoria cuando quieren decir rencor? ¿Por qué le llaman justicia cuando quieren decir venganza?
A quién se quiere más, ¿a mamá o a papá? ¿Qué han de hacer papá o mamá para encabezar el ránking?
¿Por qué vamos arrastrando eternamente el cordón umbilical? ¿Cuánto duele cortarlo?
¿Quién diferencia los vicios de las virtudes? ¿Con qué criterio?
¿Es cierto que vivimos en el mejor de los mundos? ¿Cómo será el peor?
¿Por qué los debes pesan más que los haberes?
¿Por qué fallando una vez se olvidan tus éxitos?
¿Cómo se dicen verdades sin ofender? ¿Cómo se dicen mentiras sin herir?
¿Quién te llevó de la mano por última vez? ¿Quién te sentó en sus rodillas para domirte?
¿Dónde van las palabras que te tragas? ¿Dónde van las miradas que escondes?
¿Quién nos quiere y no nos lo dice? ¿Quién no nos soporta y lo dimisula?
¿Por qué no recibimos una señal cuando en nuestra vida hay un cambio de agujas?
¿Por qué una hora no dura siempre sesenta minutos? ¿De qué depende?
¿A quién debemos algo y no somos conscientes? ¿Quién nos debe y no nos paga?
¿En qué lugar fuimos más felices? ¿Qué lugar recordaremos en el último momento?
¿Dónde estaremos la próxima primavera? ¿Cómo de largo se nos hará el invierno?
¿Por qué el sol a veces no nos calienta?
¿Qué hemos de poner en la balanza para decir que hemos vivido?
¿A quién debemos dedicar los triunfos? ¿Quién se enorgullece de nosotros?
¿Tiene el cariño fecha de caducidad? ¿Y la amistad?
¿Por qué somos inasequibles al desaliento? ¿Por qué nos levantamos aunque nos creamos caídos para siempre?
¿Cómo tenemos el corazón de grande?
¿Quién puede contestar tantas preguntas?
(Imagen: 10puntos.com)
jueves, 9 de junio de 2011
Expulsados del paraíso
Acurrucarte en la cama de tus padres. Disfrutar haciendo el equipaje. Creer en los Reyes Magos. Alegrarte con las visitas imprevistas. Poner dientes debajo de la almohada. Llenar la bañera de animales. Escuchar cuentos en la cama. Quedarte en casa cuando tienes fiebre. Dormirte en el regazo de tu madre. Verlo todo desde los hombros de tu padre. Hacer amigos en un rato. Creerte inmortal. Creer que los demás son inmortales. Tener abuelos. Curarte con un "sana, sana". Curiosear en los cajones. Ponerte la ropa de los mayores. Sentir que vuelas cuando te hacen el avión. Vivir veranos eternos. Meterte en los charcos. Señalar a la gente por la calle. Cantar canciones subidos en una silla. Amanecer con una sonrisa. Alegrarte porque llueve, porque hace sol, porque hay nubes, porque sopla el viento. Sentirte querido incondicionalmente. Llorar y reír sin vergüenza. Hacer de una herida una aventura. Recibir besos y caricias sin medida. Montar el belén. Poner bolas en el árbol. Disfrazarte con cualquier cosa. Empacharte sin culpabilidad. Gritar sin que te importen los vecinos. Aprender a leer. Ir al zoo. Saltar a la cuerda. Tocarte con las manos las puntas de los pies. Esperar con ansia el cumpleaños. Dormir de un tirón. Dejar que decidan por ti.
Intranquilos, dolidos, resentidos, ansiosos, impacientes, injustos. Nuestros pequeños están esperando ser felices de nuevo sin saber que con la libertad que tanto ansían perdieron el paraíso.
(Imagen: Quino)
Intranquilos, dolidos, resentidos, ansiosos, impacientes, injustos. Nuestros pequeños están esperando ser felices de nuevo sin saber que con la libertad que tanto ansían perdieron el paraíso.
(Imagen: Quino)
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