Hace unos días vi por televisión un anuncio que me dejó ojiplática.
En el anuncio en cuestión un señor aparecía en el extremo de un sofá con el cabello completamente blanco y en el otro extremo con el cabello completamente negro.
Frente a él una señora madurita -examinadora, contratante, cazatalentos???- tipo Sharon Stone venida a menos valoraba y aprobaba las dos imágenes: una por la experiencia (cabello blanco) y otra por la vitalidad (?????) (cabello negro).
Solución: el señor en cuestión debía, en previsión de verse involucrado en una situación similar a la descrita, ponerse una loción para teñir las canas cuya máxima virtud era ¡¡que no teñía todas las canas!!
Se acabó el anuncio y ahí me quedé yo, perpleja.
La primera parte tiene su enjundia: el cabello blanco es experiencia y el cabello negro es vitalidad. Muchas pegas se pueden poner a esto pero vamos a darlo por bueno.
Pero, ¿y la segunda parte?¿Nos quedamos en que es un anuncio con poca gracia? Pues pasamos página.
Pero, ¿y si nos da por pensar que refleja nuestra sociedad? La impostura (que es en lo que se acaba convirtiendo el querer serlo todo sin definirnos en nada) como un arma de éxito y el ninguneo de los que se conforman con lo que son en cada momento y piden que se les valore por ello.
Moraleja: a ver si ahora me voy a agobiar hasta con los anuncios.
(Imagen: blog.infoxel.com.ar)
lunes, 21 de febrero de 2011
domingo, 20 de febrero de 2011
Cosas que me aburren
Me aburren los cansinos, los que se miran el ombligo, los que te contestan diciendo siempre "pues yo".
Me aburre comer sin compañía y comer en general.
Me aburren las películas donde no salen mujeres y las películas cuyo final no se entiende.
Me aburren las canciones de José Luis Perales.
Me aburre la ópera.
Me aburren los Simpson, soberanamente.
Me aburre la gente que no tiene conversación y la que no te deja meter baza.
Me aburren los best-seller. Cuanto más gordos, más me aburren.
Me aburre depender de tantas máquinas.
Me aburre el facebook de mis alumnos.
Me aburre que hablen de fútbol y lo enterado que parece todo el mundo.
Me aburren los realitys.
Me aburren los anuncios que usan el sexo para vender cosas.
Me aburren los padres primerizos.
Me aburre tener que decir diez veces lo mismo. Me aburre que ni diez veces sean suficientes.
Me aburre Mariano Rajoy, me aburre Zapatero, me aburre Mas...
Me aburren los aburridos.
Me aburren los que no lloran y los que lloran sin lágrimas.
Me aburre el invierno.
Me aburre depilarme.
Me aburren las reuniones de vecinos.
Me aburre cocinar.
Me aburre no tener ni un momento para el aburrimiento placentero.
(Imagen: peruinside.com)
Me aburre comer sin compañía y comer en general.
Me aburren las películas donde no salen mujeres y las películas cuyo final no se entiende.
Me aburren las canciones de José Luis Perales.
Me aburre la ópera.
Me aburren los Simpson, soberanamente.
Me aburre la gente que no tiene conversación y la que no te deja meter baza.
Me aburren los best-seller. Cuanto más gordos, más me aburren.
Me aburre depender de tantas máquinas.
Me aburre el facebook de mis alumnos.
Me aburre que hablen de fútbol y lo enterado que parece todo el mundo.
Me aburren los realitys.
Me aburren los anuncios que usan el sexo para vender cosas.
Me aburren los padres primerizos.
Me aburre tener que decir diez veces lo mismo. Me aburre que ni diez veces sean suficientes.
Me aburre Mariano Rajoy, me aburre Zapatero, me aburre Mas...
Me aburren los aburridos.
Me aburren los que no lloran y los que lloran sin lágrimas.
Me aburre el invierno.
Me aburre depilarme.
Me aburren las reuniones de vecinos.
Me aburre cocinar.
Me aburre no tener ni un momento para el aburrimiento placentero.
(Imagen: peruinside.com)
La Primera Ley de la Termodinámica
Dice la Primera Ley de la Termodinámica (así, a la bulla) que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.
No seré yo quien ponga en tela de juicio las bases de la física y, en consecuencia, las bases de la ciencia, pero para mí tengo que algo falla.
Por ejemplo: de todos es sabido que la energía que tenemos al levantarnos por la mañana (creada en el hueco de la almohada) se destruye paulatinamente a lo largo del día sin que veamos una transformación productiva (mis listas de colores y agendas diferentes nunca disminuyen, hecho éste que prueba que ninguna transformación se ha operado a mi alrededor como consecuencia de mi despliegue de energía).
Por ejemplo: la energía que ponemos en explicar a nuestros alumnos el concepto más simple se destruye en el choque con sus cerebros sin que veamos que se ha transformado en un conocimiento por su parte.
Por ejemplo: la energía vocálico-gestual que usamos para indicar a nuestros hijos cuál es el sitio donde debe dejarse la ropa sucia se diluye en el aire sin que se transforme en una reacción rápida y diligente para ejecutar la orden.
Por ejemplo: la energía que derrochamos para hacer creer que llevamos el control de las cosas y que no son las cosas las que llevan el control sobre nosotros se destruye cuando inopinadamente la comida se quema, el mantel tiene una mancha y nos pillaron los invitados sin arreglar. Ninguna transformación mágica acontece que nos haga lucir ante los ojos de los demás.
En fín, yo creo que debió ser un problema de transcripción y el enunciado de la ley sería: "La energía se crea y se destruye pero nunca se transforma"
sábado, 19 de febrero de 2011
Personajes (I) El maestro Liendre
Maestro Liendre: dícese de quien de todo sabe y de nada entiende.
Hagamos memoria sin esforzarnos mucho: todos nosotros conocemos un montón de ellos.
Los encontramos entre nuestros compañeros de trabajo, nuestros conocidos y nuestros familiares más o menos cercanos. Menos peligrosos -por el contacto puntual- pero no por ello menos importantes son aquellos con los cuales coincidimos en la consulta del médico, en la cola de una ventanilla o, clásico entre clásicos, cuando nos subimos a un taxi.
Podemos ser expertos en la biodiversidad del caracol marino, en decoración isabelina o en cine bosnio-herzegovino: nuestro maestro Liendre siempre tendrá una información que nos falta, habrá leído un artículo novedoso o nos hará un resumen de la situación concluyendo con un "no te engañes".
Tienen una opinión formada en empresa, empleo, educación, salud, relaciones sociales, política exterior e interior, terrorismo de cualquier signo, futuro del planeta, ahorro energético, fútbol, toros, moda, literatura, música, inmigración... Dicha opinión no está sujeta a cambios ya que ha llegado a conclusiones definitivas que no entiende cómo no se le demandan desde los distintos ámbitos.
Los hay de toda condición social, los hay entre los ignorantes pero también entre los expertos reputados. Los hay reconocidos como maestros Liendre pero, curiosamente, hay otros que son escuchados con arrobo y veneración.
Su conversación, o más bien su monólogo, nos produce, en éste o cualquier otro orden: aburrimiento, perplejidad, asombro, miedo, vergüenza ajena, pena, agobio y desesperación.
La huida ante ellos es difícil: aterrizan en conversaciones ajenas, se acercan mucho invadiendo tu espacio, acomodan su paso al tuyo.
A menos que seamos expertos en independencia emocional (no saquemos este tema, que él o ella también lo serán) nos pueden arruinar el día... o la semana.
(Imagen: Maitena)
Hagamos memoria sin esforzarnos mucho: todos nosotros conocemos un montón de ellos.
Los encontramos entre nuestros compañeros de trabajo, nuestros conocidos y nuestros familiares más o menos cercanos. Menos peligrosos -por el contacto puntual- pero no por ello menos importantes son aquellos con los cuales coincidimos en la consulta del médico, en la cola de una ventanilla o, clásico entre clásicos, cuando nos subimos a un taxi.
Podemos ser expertos en la biodiversidad del caracol marino, en decoración isabelina o en cine bosnio-herzegovino: nuestro maestro Liendre siempre tendrá una información que nos falta, habrá leído un artículo novedoso o nos hará un resumen de la situación concluyendo con un "no te engañes".
Tienen una opinión formada en empresa, empleo, educación, salud, relaciones sociales, política exterior e interior, terrorismo de cualquier signo, futuro del planeta, ahorro energético, fútbol, toros, moda, literatura, música, inmigración... Dicha opinión no está sujeta a cambios ya que ha llegado a conclusiones definitivas que no entiende cómo no se le demandan desde los distintos ámbitos.
Los hay de toda condición social, los hay entre los ignorantes pero también entre los expertos reputados. Los hay reconocidos como maestros Liendre pero, curiosamente, hay otros que son escuchados con arrobo y veneración.
Su conversación, o más bien su monólogo, nos produce, en éste o cualquier otro orden: aburrimiento, perplejidad, asombro, miedo, vergüenza ajena, pena, agobio y desesperación.
La huida ante ellos es difícil: aterrizan en conversaciones ajenas, se acercan mucho invadiendo tu espacio, acomodan su paso al tuyo.
A menos que seamos expertos en independencia emocional (no saquemos este tema, que él o ella también lo serán) nos pueden arruinar el día... o la semana.
(Imagen: Maitena)
Según pasan los años
Nos cuesta aceptarlo pero pasan.
Jaimito escuchaba a los payasos, preguntaba incansable porqué porqué porqué, nunca salía de casa sin el muñeco descolorido, probaba a comer en el sofá, se quería levantar a las seis de la mañana los domingos, cerraba el trato de portarse bien si nos quedábamos un rato más con las visitas y podía pasarse dos semanas seguidas cenando albóndigas caseras.
Jaimito ahora escucha rap, gruñe lo que parece una respuesta sólo si es preguntado por tercera vez, nunca sale de casa sin el móvil, prueba a fumar en el sofá, se quiere acostar a las seis de la mañana los domingos, cierra el trato de portarse bien si nos vamos enseguida en las visitas y puede pasarse dos semanas seguidas cenando quebab.
Jaimito es nuestro Jaimito pero también parece ser que es el clónico del hijo del vecino, del amigo, del primo de Murcia...
Jaimito nos exaspera y no tenemos la tregua diaria porque, alguien tenía que decirlo: verlo dormir, desde que le salió el bigote, ya no es lo mismo.
Los padres y las madres nos sentamos a charlar pero ahora no es "el mío ya camina", "pues el mío tiene un vocabulario extensísimo" "pues al mío lo paran por la calle para decirle lo guapo que es". Ahora es "el mío tiene unos amigos muy raros", "pues el mío se echa la colonia al entrar en casa y no al salir", "pues el mío tiene aún hojas pegadas en los libros del curso y estamos en febrero"...
Pobres padres de Jaimito. Amén.
(Imagen: berlich@gmail.com)
Jaimito escuchaba a los payasos, preguntaba incansable porqué porqué porqué, nunca salía de casa sin el muñeco descolorido, probaba a comer en el sofá, se quería levantar a las seis de la mañana los domingos, cerraba el trato de portarse bien si nos quedábamos un rato más con las visitas y podía pasarse dos semanas seguidas cenando albóndigas caseras.
Jaimito ahora escucha rap, gruñe lo que parece una respuesta sólo si es preguntado por tercera vez, nunca sale de casa sin el móvil, prueba a fumar en el sofá, se quiere acostar a las seis de la mañana los domingos, cierra el trato de portarse bien si nos vamos enseguida en las visitas y puede pasarse dos semanas seguidas cenando quebab.
Jaimito es nuestro Jaimito pero también parece ser que es el clónico del hijo del vecino, del amigo, del primo de Murcia...
Jaimito nos exaspera y no tenemos la tregua diaria porque, alguien tenía que decirlo: verlo dormir, desde que le salió el bigote, ya no es lo mismo.
Los padres y las madres nos sentamos a charlar pero ahora no es "el mío ya camina", "pues el mío tiene un vocabulario extensísimo" "pues al mío lo paran por la calle para decirle lo guapo que es". Ahora es "el mío tiene unos amigos muy raros", "pues el mío se echa la colonia al entrar en casa y no al salir", "pues el mío tiene aún hojas pegadas en los libros del curso y estamos en febrero"...
Pobres padres de Jaimito. Amén.
(Imagen: berlich@gmail.com)
jueves, 17 de febrero de 2011
Una imagen vale más que mil palabras
Pero como se trata de emplear las palabras, allá van.
La señora y el señor -presumiblemente pareja- que aparecen a la izquierda se muestran preocupados e intranquilos por la conducta de su pequeño vástago -presumiblemente primogénito-. No queriendo incurrir en los errores educativos -presumiblemente cometidos por desconocimiento- que sufrieron en sus propias carnes deliberan y llegan a la conclusión de que deben acudir a la consulta de un reputado psicólogo infantil -el señor Povedilla, presumiblemente-, que aparece a la derecha de la imagen.
Una vez allí, y acompañados por el pequeño -presumiblemente psicópata- manifiestan su honda preocupación y demandan su consejo -presumiblemente, previo pago-.
El especialista evalúa la situación: hace una anamnesis cuidadosa, consulta el vademecum y los precedentes -presumiblemente no es un caso aislado- y una vez concluida su detenida exploración concluye que ha de quitársele el martillo sin más dilación.
El progenitor, conmocionado ante el consejo -presumiblemente sabio- recuerda, entre la neblina en la que se encuentra su cerebro desde que es padre, la responsabilidad asumida -presumiblemente con conocimiento de causa- y se plantea si este acto podría tener consecuencias nefastas en el futuro desarrollo de su hijo. La palabra trauma, como un luminoso urbano, se enciende en su mente y pregunta atribulado si la retirada brusca de la herramienta contundente no será una solución excesivamente drástica.
Y he aquí que nuestro dr. Povedilla, con el buen criterio que le asiste, responde: "No, tontolhaba, no", frase en la cual la palabra "tontolhaba" corresponde a otro de sus certeros diagnósticos que le han valido la merecida reputación de la que goza.
Conclusión: "Más vale reír que llorar" (presumiblemente).
(Imagen: Forges)
La señora y el señor -presumiblemente pareja- que aparecen a la izquierda se muestran preocupados e intranquilos por la conducta de su pequeño vástago -presumiblemente primogénito-. No queriendo incurrir en los errores educativos -presumiblemente cometidos por desconocimiento- que sufrieron en sus propias carnes deliberan y llegan a la conclusión de que deben acudir a la consulta de un reputado psicólogo infantil -el señor Povedilla, presumiblemente-, que aparece a la derecha de la imagen.
Una vez allí, y acompañados por el pequeño -presumiblemente psicópata- manifiestan su honda preocupación y demandan su consejo -presumiblemente, previo pago-.
El especialista evalúa la situación: hace una anamnesis cuidadosa, consulta el vademecum y los precedentes -presumiblemente no es un caso aislado- y una vez concluida su detenida exploración concluye que ha de quitársele el martillo sin más dilación.
El progenitor, conmocionado ante el consejo -presumiblemente sabio- recuerda, entre la neblina en la que se encuentra su cerebro desde que es padre, la responsabilidad asumida -presumiblemente con conocimiento de causa- y se plantea si este acto podría tener consecuencias nefastas en el futuro desarrollo de su hijo. La palabra trauma, como un luminoso urbano, se enciende en su mente y pregunta atribulado si la retirada brusca de la herramienta contundente no será una solución excesivamente drástica.
Y he aquí que nuestro dr. Povedilla, con el buen criterio que le asiste, responde: "No, tontolhaba, no", frase en la cual la palabra "tontolhaba" corresponde a otro de sus certeros diagnósticos que le han valido la merecida reputación de la que goza.
Conclusión: "Más vale reír que llorar" (presumiblemente).
(Imagen: Forges)
Yo era mejor madre cuando no tenía hijos
He querido que mi blog se llame así porque así es como me siento en este momento de mi vida: peor madre que nunca.
Mis ositos de peluche se han convertido en ositos de peluche armados y, como francotiradores sin corazón, tiran a todo lo que se mueve.
Lo que se mueve incluye, en primer lugar, a su madre, que soy yo. Pero me siento segura porque este río turbulento lo cruzaron antes que yo millones de mujeres y salieron, con cicatrices, pero salieron.
Es rigurosamente cierto que yo era mejor madre cuando no tenía hijos: sabía cómo había que tratarlos en cada etapa de su vida; cómo superar la etapa del no, la del por qué, la del jo, y hasta la del túflipas; cómo vestirlos cuando se dejaran y cómo aconsejarlos cuando se vistieran ellos; cómo darles raíces y alas (que me parecía una frase preciosa hasta que descubrí que viene sin libro de instrucciones); cómo quererlos cuando menos lo mereciesen porque sería cuando más lo necesitaran (toma ya otra frase de toreo de salón)...
Y aquí estoy: perdiendo la paciencia, gritando hasta desgañitarme, mirándolos de arriba a abajo cuando se colocan la última prenda que compraron, acumulando rencor -poquito a poquito- contra lo que más quiero.
Yo era mejor madre cuando no tenía hijos. Esperemos que ellos no sean mejores hijos cuando ya no tengan madre.
Mis ositos de peluche se han convertido en ositos de peluche armados y, como francotiradores sin corazón, tiran a todo lo que se mueve.
Lo que se mueve incluye, en primer lugar, a su madre, que soy yo. Pero me siento segura porque este río turbulento lo cruzaron antes que yo millones de mujeres y salieron, con cicatrices, pero salieron.
Es rigurosamente cierto que yo era mejor madre cuando no tenía hijos: sabía cómo había que tratarlos en cada etapa de su vida; cómo superar la etapa del no, la del por qué, la del jo, y hasta la del túflipas; cómo vestirlos cuando se dejaran y cómo aconsejarlos cuando se vistieran ellos; cómo darles raíces y alas (que me parecía una frase preciosa hasta que descubrí que viene sin libro de instrucciones); cómo quererlos cuando menos lo mereciesen porque sería cuando más lo necesitaran (toma ya otra frase de toreo de salón)...
Y aquí estoy: perdiendo la paciencia, gritando hasta desgañitarme, mirándolos de arriba a abajo cuando se colocan la última prenda que compraron, acumulando rencor -poquito a poquito- contra lo que más quiero.
Yo era mejor madre cuando no tenía hijos. Esperemos que ellos no sean mejores hijos cuando ya no tengan madre.
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